Soy una nenaza

Cómo debe ser evidente, no he terminado mi novela. Se podría decir que prácticamente no la he empezado. Bueno, no se podría decir, es que es así. Hay escritas un par de páginas, el esquema y una semblanza de los personajes principales. Aparte de fragmentos de ‘reescribir la Biblica’ como el que vistéis por aquí hace casi dos meses con la historia de Judá y Tamar.

La razón es que soy una nenaza. Sí, sé que suena misógino, pero quiero escribir una novela sobre la Biblia, ¿qué esperabáis? En fin, que no he tenido fuerza de voluntad para ponerme un horario. Mi trabajo no ayuda, porque por definición no tiene horario, pero, ¿quién ha dicho que los escritores deban dormir? Dormir es de nenazas.

Igual he sido demasiado ambicioso y debería plantearme una disciplina más flexible que la que permite la novela. Como proponerme escribir un libro de relatos. O un relato al mes, o cada quince días, ritmos que en el pasado fui capaz de cumplir. Por otro lado, cualquier día de estos voy a cumplir 29 años y, ¿no hay que escribir una novela antes de los 30 o algo así? Quiero decir, ¿si no es ahora, cuándo?

También soy consciente de que si te pasas dos meses sin pisar el gimnasio, pretender levantar 60 kilos, por mucho que hace dos meses si pudieras, es de estar muy flipado. Te vas a joder la espalda, en el mejor de los casos. No vas a ser capaz. Tienes que volver a empezar desde el principio, a tus 30 kilitos, y recuperar el ritmo. Pero claro, está el coraje de no acabar lo que se empieza.

Por otro lado, parte de mi problema, más allá de que no he tenido disciplina -con otras cosas sí, pero quiero hacer tantas a la vez que vivo en la desorganización más absoluta-, es que no soy capaz de encontrar el estado mental de la novela. De proyectar el paisaje bíblico ese. No sé si me explico.

El periodo más productivo para ‘Salomón’ fueron los 10 días de vacaciones de Navidad que pasé en casa de mis padres. Esa casa es la mi abuela reformada, y antes fue parte de la de mi bisabuelo, en un despiece de generación en generación de lo que debía ser un casoplón. Vamos, que es Macondo. Allí me calcé La Divina Comedia con 13 añitos.

Es decir, para mi es más fácil conectar con el narrador telúrico, la narración pura básica, en esa casa como lugar de poder. Me acerca al estado chamánico de conciencia. Por supuesto, como soy un racionalista y lector de Magonia, sé que ponerme en plan Jung son zarandajas. Pero me funciona.

En Granada, que es donde vivo, soy periodista. Y me dedico a ver la crisis en vivo y en directo, en asiento de primera fila. Así que el cuerpo me pide escribir otro tipo de cosas, y administrarla en píldoras.

¿Qué debo hacer? ¿Qué será de ‘A tres tintas’? ¿Es todo rollo y me quedaré en escritor wannabe? ¿Le interesa esto a alguien?

No por mucho madrugar amanece más temprano.

Jose

Tres meses después

Sí, estamos a 29 de enero. El reto llega a su fin y, por mi parte, tengo que confesar que mi novela, Boatswain, está aún lejos de estar acabada. Y, sin embargo, tengo motivos para estar muy contenta. Os lo cuento.

Os comentaba hace ya varios días que, a veces, la vida se interpone y retrasa las cosas. En otras ocasiones lo que sucede, a causa sobre todo del ritmo de trabajo fragmentario que no me queda más remedio que mantener estos días (si hay alguien en la sala dispuesto a pagarme un sueldo mensual por dedicarme a escribir mi novela, por favor, que levante la mano), no hay más remedio que volver atrás y empezar de nuevo.

Me explico.

Ya os he hablado anteriormente de mi proceso creativo. Tras pergeñar una idea que me convence y documentarla un poco, me siento a desbrozar la trama general. Es la forma de trabajar que me resulta más cómoda. Eso no significa que no me permita introducir cambios o separarme de ese hilo conductor inicial cuando me conviene. Se trata, sencillamente, de que me resulta más cómodo, divertido y gratificante proceder por este orden y saber a dónde voy en todo momento, aunque de vez en cuando me pierda por el camino. Dicho esto, os confieso que durante estos pasados dos meses el tema de los resúmenes se me ha atragantado.

Decidí hace mucho tiempo que la estructura de Boatswain iba a organizarse en siete bloques principales, siete capítulos que me permitieran tratar, cada uno de ellos, uno de los temas que me interesaban relacionados con el asunto principal de la novela. Hasta ahí bien. Me senté a trabajar y el hilo argumental del primer capítulo, uno de los más autobiográficos, salió prácticamente solo. El segundo me obligó a volver a documentarme más en profundidad. El tercero, a esforzarme por ir más allá de lo convencional. El cuarto me forzó a pararme y mirar a mi alrededor, me dio muchos problemas. El séptimo lo tengo claro, sé perfectamente hacia dónde quiero ir. Y en el quinto y sexto, he tenido que frenar en seco. El problema se ha hecho evidente.

Ya os contaba que uno de las principales dificultades de Boatswain está en la voz de los personajes, una dificultad que voy resolviendo poco a poco y que no se solucionará del todo hasta que avance un poco más. Confío en que, una vez resuelto, se convierta en una de las virtudes principales de la novela. Es, por tanto, una dificultad más o menos controlada. Sin embargo, en el proceso de estructurar los capítulos cinco y seis me he visto obligada a frenar y volver atrás, porque me he dado cuenta de que he cometido un error de base. Un error de principiante, de hecho, que ahora tengo que enmendar.

Helo aquí: me he centrado tanto en el argumento, que me he olvidado de mi protagonista.

Grave, grave error.

Soy dada a las fichas de personaje. Es verdad que muchas veces los personajes se crean sobre el papel, pero es muy útil sentarse y dedicarle tiempo a configurarlos, a conocer su historia, a saber lo suficiente de ellos como para conseguir que actúen de forma coherente (os habréis dado cuenta ya de que soy bastante reacia a usar expresiones como esa tan habitual de que “los personajes actúan por su cuenta, se me escapan, hacen lo que ellos quieren”. A los míos no les pasa. Hacen exactamente lo que yo les digo que hagan. Ya me gustaría a mí que me ahorraran trabajo, pero no, eso sólo les ocurre a otros escritores. Yo consigo que actúen sólo a base de darme cabezazos contra el papel. Nunca “actúan por su cuenta”. Los canallas). En este caso, decidí que iba a contar mi historia desde los ojos de un protagonista que ve la vida a ras de suelo, que su viaje me iba a servir para hablar sobre una problemática actual que me preocupa mucho y que iba a utilizarle como espejo para reflejar a las personas con las que se cruza.

Sin embargo, me he centrado tanto en las situaciones y las peripecias que me he olvidado de él, pobre. Ya en el capítulo cinco me he dado cuenta de que es una tabla rasa. Una hoja en blanco. Y eso no puede ser.

Insisto, error de principiante.

Todo personaje tiene que tener un viaje emocional. Tiene que vivir experiencias, por supuesto, experiencias que le marquen y que determinen, en cierta medida, las siguientes experiencias que vivirá, las decisiones que tomará.

Tiene que tener un propósito. Tiene que ir hacia algún sitio. Un espejo no es suficiente para sostener una historia.

Andrew Stanton (uno de los genios de Pixar y la mente pensante detrás de maravillas como  Wall-e o Buscando a Nemo) lo explica de maravilla en la siguiente charla. Dura veinte minutos, pero os aconsejo que se los dediquéis. Si lo necesitáis, activad los subtítulos en español y disfrutar. Lo deja clarísimo. Está disponible aquí.

En esta estupenda disertación sobre en qué consiste el proceso creativo, Stanton resume en unos pocos pasos aparentemente sencillos los elementos más importantes en la construcción de la historia: haz que me importe, escribe sobre lo que conoces, dirige tu historia hacia un objetivo, narra de manera inteligente, confía en la capacidad de relacionar información de tus lectores (no les des cuatro, dales dos mas dos), y, sobre todo, allá por el minuto ocho, lo más importante: el personaje principal tiene que tener un eje, una espina dorsal. Un motivo, tal vez inconsciente, que le hace actuar, un objetivo. Éste marca todas sus decisiones, que no tienen por qué ser buenas, pero sí consecuentes.

Así que no me ha quedado más remedio que pararme en seco y reflexionar. De vuelta al capítulo uno. ¿Quién es mi personaje? ¿Qué quiere, por básico que sea? ¿Hasta qué punto voy a ser realista en eso? Sucede eso, sí, y lo otro, y después aquello otro, pero ¿qué efecto tiene eso en él? ¿Esos efectos son consecuentes con las acciones que he diseñado para él en el capítulo siguiente? Tengo que estudiar a mi personaje como si fuera humano, aunque no lo sea, y luego aplicar sus emociones a su comportamiento físico.

Todo esto me ha retrasado, por supuesto, pero es necesario. Y, a raíz de ello, tengo una mala noticia y dos noticias estupendas.

La mala noticia es que Boatswain no está acabada, ni mucho menos, y a 29 de enero, podemos concluir que no he sido capaz de cumplir con el reto de A tres tintas. Es una pena.

Y, sin embargo, estoy feliz. Ésa es la primera buena noticia: gracias a esa parada en seco, a esa reflexión y a esa vuelta atrás, Boatswain aparece ahora en mi mente más brillante que nunca, con más cuerpo. Más sólido. Más real. Definitivamente mejor. A día de hoy, los resúmenes de los capítulos cuatro, cinco y seis están resueltos de forma completamente satisfactoria, mucho más coherente y emocionante que antes. He revisitado los esquemas y las notas de los capítulos uno, dos y tres, y los he modificado, aportándoles el viaje emocional del personaje. Sólo falta terminar de cerrar el capítulo siete, y de entonces en adelante, emprender el verdadero trabajo, el de la escritura de esa novela que, según lo siento ahora mismo, existe ya en mi cabeza, completamente formada, como algo ajeno a mí, que ahora sólo tengo que plasmar.

La segunda buena noticia es que A tres tintas continúa. ¿Cómo abandonarlo, aunque hayan transcurrido los tres meses, cuando aún queda tanto trabajo por delante? Ése es mi próximo objetivo: abordar, de forma definitiva, el paso más intenso del proceso de escritura de la novela, sin prisa pero sin pausa, y, si me lo permitís, seguir contándolo.

Gracias por leerme,

-Ana.

 

 

Banda sonora de una tarde de escritura

Hoy os escribo una breve nota para hablaros de dos recursos sonoros de los que me he enamorado recientemente y a los que estoy recurriendo cada tarde, a la hora de sentarme a escribir.

El primero de ellos, que me recomendó mi amiga y compañera de fatigas literarias Almudena López Molina, es noisli.com, un portal de manejo extremadamente sencillo en el que, pinchando en unos iconos muy atractivos que nos permiten regular el volumen, podemos activar los sonidos de ambiente que más nos gusten: lluvia, tormenta, hojas agitadas por el viento, el sonido del mar o el de una concurrida cafetería… En mi caso, es cierto eso de que un cierto sonido de fondo favorece la concentración (siempre que no incluya palabras. La radio, por ejemplo, me distrae). Además, los distintos recursos pueden combinarse. Os lo recomiendo.

El segundo es el canal de Youtube de Vitamin String Quartet. Para quiénes no los conozcan, se trata de versiones de clásicos del pop, rock, bandas sonoras, musicales… interpretadas por un cuarteto de cuerda (cuyos integrantes van cambiando). Versionan de todo, desde el último éxito de Lady Gaga a Bohemian Rapsody de Queen, y los resultados son fascinantes. Como muestra, un botón: aquí os dejo su versión de “The Times They Are A-Changin”. Disfrutad.

Gracias por leerme,

-Ana.

En aquél tiempo…

En aquél tiempo, Judá, hijo de Jacob, era llamado el león. Un día se separó de sus hermanos, se unió a su amigo Jirá, el calebita, adorador del perro, y ambos bajaron con sus rebaños hasta las tierras de Adu Mam. Allí conoció Judá a un cananeo llamado Sua, y a su hija. Se casó con ella, adoptó sus costumbres y habitó en su casa, en la ciudad de Quezib.

La hija de Sua dio a Judá tres hijos: Er, Onán y Selá, que era mucho más joven que sus hermanos.

Cuando Er tuvo edad para casarse, Judá le buscó una esposa en las tierras cercanas, donde se movían sus rebaños. Esta fue Tamar, hija de un amorreo que era comerciante de Eniyim, y de la que se decía que tenía el don de la profecía. Er habitó la casa de la madre de su esposa. Pero sucedió que Er era débil y se había corrompido, así que murió.

Entonces Judá se dirigió a su hijo Onán y le dijo: “Hete aquí que tu hermano ha muerto. Entra en los brazos de su mujer y dale descendencia para que así pueda cumplirse el pacto que hicimos con ella”. Onán consintió casarse, pero no quería darle a Tamar hijos que luego serían de Er, de manera que cada vez que entraba en sus brazos, luego se derramaba en tierra. Así que también murió.

Judá bajó de nuevo a casa de la madre de su nuera y le dijo: “Mira, mi hijo Selá aún es joven. Espera a que tenga la edad y lo mandaré contigo, para que te descendencia y se cumpla nuestro pacto”. Pero en realidad Judá temía que Selá muriese también y evitaba el matrimonio con excusas.

Sucedió después que Judá, llamado el león, enviudó de la hija de Sua el cananeo. Para consolarse, decidió acompañar a los rebaños al esquileo en la ciudad de Timná y celebrar el festival acompañado de su hijo Selá, que ya era un adulto. El camino a Timná pasaba por Eniyim.

Entonces una mujer de Eniyim que era conocida de Tamar fue a la casa de su madre y le dijo: “Mira, he visto a tu suegro, Judá, el hijo de Jacob, al que los hombres llaman el león. Venía con su hijo menor, el hermano de tu marido, que ya es mayor”.

Tamar entonces se cambió las ropas de viuda por un velo rojo y salió a la puerta de la ciudad al paso de los rebaños de regresos del esquileo, al atardecer.

Judá volvía sólo, porque había dejado a Selá en Timná con los otros hombres. Al ver a su nuera, cubierta con el velo rojo y bajo la sombra de una palmera, no la reconoció. Pensó que era la ramera sagrada de Eniyim. Se acercó a ella y le dijo:

–          ¿Quieres yacer conmigo?

Tamar sabía que su suegro reconocería la voz, así que la disimuló:

–          Sólo si me agrada el pago.

–          Mira que soy un pastor y vengo del esquileo.

–          Entonces dame el mejor cabrito añojo de tu rebaño.

–          No lo tengo conmigo.

–          Aceptaré que me des una prenda hasta que me lo mandes.

–          La que tú digas.

–          Tu sello, tu cordón y el bastón que tienes en la maño.

Judá aceptó y entregó a su nuera las prendas. Ella lo llevó a la casa de su vecina, la que la avisó del engaño, y yació con él. Después se marchó sin despedirse, cambió su velo rojo por las ropas de viuda y guardó las prendas.

Judá regresó a Quezib con sus rebaños y pidió a su amigo Jirá que llevase el cabrito añojo a la ramera sagrada de Eniyim. Pero cuando Jirá preguntó a los lugareños dónde podía encontrar a la prostituta que se cubría con un velo a las puertas de la ciudad, le respondieron: “Nunca vimos una ramera ahí”.

Cuando pasaron tres meses,

Tres meses más tarde, avisaron a Judá de que el embarazo de su nuera era evidente. Irritado al saber que había yacido con un hombre que no era Selá, ordenó que la quemaran viva. Pero cuando los hombres llegaron a la casa de su madre, Tamar les entregó el sello, el cordón y el bastón y les dijo: “Si he de morir, que el israelita con el que pequé muera también; le reconoceréis por estas prendas”.

Cuando vio las prendas, Judá dijo a los hombres: “Tamar debe vivir pues la culpa ha sido nuestra. No hemos honrado nuestro pacto enviándole a Selá como esposo”. Así, ella quedó libre, pero Selá no pudo casarse con ella. Tampoco Judá volvió a yacer con Tamar, ni ella lo quería, pues suegro y nuera no se profesaban el menor deseo.

Llegó el tiempo del parto y aconteció que Tamar llevaba dos mellizos en su vientre. Uno de ellos sacó primero una mano y la partera le ató una cinta roja alrededor de la muñeca. Dijo: “Este nació el primero”. Pero el niño retiró la mano y fue su hermano el que salió. Tamar dijo: “Cómo te has abierto brecha”, y lo llamó Peres. Luego salió el menor, en cuya muñeca se veía la cinta roja, y lo llamó Zeraj.

Llegado el tiempo, Peres engendraría a Esrom, que engendró a Aram, que engendró a Aminadab, que engendró a Naasón. Naasón fue el primero en internarse en el Mar Rojo cuando los israelitas huyeron de Egipto, por delante de Moisés y Aarón. Naasón engendró a Salmah, que fue general de Josué. Salmah engendró de Rahab, la prostituta de Jericó, a Booz. Booz desposó a Ruth, la moabita, viuda de Malón y nuera de Noemí, y engendró de ella a Obed. Obed engendró a Jesé, y Jesé engendró a David, rey de Israel y de Judá.

De Betsabé, cuyo nombre significa la hija del pacto o la séptima hija, que era viuda de Urías el hitita, engendró David a Salomón, rey de Israel y de Judá.

Sobre la voz

A veces la vida se interpone. Tras varios días de inactividad en el terreno de la escritura, tanto voluntaria como involuntaria (la cama se ha quedado vacía y ya no hay señal para ponerse a trabajar), retomo mi proyecto, un poco más cansada y más triste, deseando recuperar las ganas de escribir.

Hoy os quiero hablar uno de los aspectos de la escritura que encuentro más difíciles, uno de mis problemas más frecuentes frecuentes, creo, y  desde luego uno de los que más me molestan: la voz.

A lo largo de los últimos años he asistido a muchos cursos, seminarios y conferencias sobre la escritura, y con cierta frecuencia se repite eso de que cada autor tiene que “encontrar su propia voz”, o de que los propios personajes deben tener “voces propias, reconocibles”, que los distingan como tales. Estoy completamente de acuerdo en que todos los escritores que admiro tienen voces muy reconocibles. La de Neil Gaiman es irónica y de resonancias folclóricas, la de Tolkien es solemne, pausada, morosa. La de Salinger está muy próxima a la oralidad. Cosas así.

Mi problema no es sólo que no crea haber encontrado aún esa voz que me defina. Ni mucho menos, para eso me queda aún mucho que escribir. Eso lo asumo. Mi problema, mucho más acuciante, es que no creo estar consiguiendo que mis personajes tengan voces propias. Las voces de mis personajes me resultan extrañamente familiares y pesadas, demasiado obvias, demasiado evidentes, demasiado parecidas a esa otra pesada, obvia e irritante, por familiar, vocecita que suena en mi cabeza todo el tiempo, y con la que no me queda más remedio que transigir, qué le vamos a hacer.

El tema de las voces de los personajes es importante, porque lo que dicen y cómo lo dicen es una de las herramientas más útiles para mostrar cómo son (amables, simpáticos, retorcidos, petulantes…) sin tener que decirlo. Así pues, si todos suenan como yo, ¿significa eso que no consigo redondearlos y dotarlos de más entidad que la de una mera excusa para que hagan lo que quiero que hagan?

Uno de mis problemas al abordar Boatswain es, por lo tanto, la voz del protagonista. Ya os he contado que en esta novela vemos los acontecimientos a través de los ojos de un perro. Pero, para que esos acontecimientos sean tan realistas como pretendo, he optado por sacudirme de encima el problema de la voz del personaje privándole de ella. Me explico. No pretendo hacer un Firmin. ¿Habéis leído Firmin, de Sam Savage, supongo? ¿No? Pues ya tenéis deberes para estas navidades. Esta novela, la primera publicada por su autor, narra la vida de un ratoncito bibliófilo que vive la vida a través de los libros que lee. Está contado en primera persona y el protagonista tiene una gran voz, llena de matices. Es un libro estupendo.

Pero no pretendo hacer nada parecido. Tampoco Historia de un gato. Mi protagonista, al que llamaremos, de momento, el Cachorro Amarillo, no tiene esa capacidad de expresarse en primera persona, ni siquiera hacia los lectores. Quiero que sea pura emoción, puro instinto, no pretendo imbuirlo de un pensamiento racional que no me consta que tenga. En ese sentido, he optado por (atención: terminología técnica) un narrador extradiegético que, la mayor parte del tiempo, va a ser deficiente. El narrador extradiegético, como sabéis, es el que se encuentra fuera de la acción narrada (no es un personaje. No es Firmin, protagonista de su propia historia, pero tampoco es el buen doctor Watson, que nos cuenta lo que ve). Es deficiente, porque no sabe lo que piensan los personajes. Es decir, no es Dios. No lo sabe todo. Sólo puede contar lo que hacen y lo que dicen. Esta fórmula, con las concesiones justas que me permitan mostrar esa emoción, ese instinto del que os hablaba, es la que más se ajusta a lo que quiero para Boatswain. Quiero y creo ser capaz de contar lo que quiero contar desde fuera.

Así que en ello estoy, recuperando poco a poco el hilo. Espero tener por delante unas navidades fructíferas, y os las deseo a vosotros.

Gracias por leerme,

Ana

 

 

 

Bibliografía básica

Documentarse mola. Bueno, no sé, a mi me mola. Me gusta la historia, me gusta la mitología, me gusta la teología. Me estoy quedando calvo de todas formas y no llego a fin de mes, pero bueno, al menos no soy del Sevilla FC. Algo es algo.

En fin, que para ‘Salomón’ me he documentado.  (No sé si debería hacer otra entrada para explicar por qué llamo al proyecto ‘Salomón’ en lugar de ‘Génesis’ o ‘Princesa Tamar’, pero todo llegará). Y cómo me apetece, voy a comentaros los cuatro o cinco libros principales que he usado. También por recomendárselos al que le vaya el rollo.

Vaya por delante que el libro tiene pinta de novela histórica pero no pretende ser un tratado documentado al dedillo. Aunque tenga la gracia de que me guste leer de estas cosas, así que mucho esfuerzo no ha requerido, documentarse demasiado es un coñazo. Igual un día tengo tiempo y ganas de escribir una novela documentada hasta la náusea, pero los tiempos bíblicos no se prestan.

La Biblia, VVAA. Esto es así, nos pongamos como nos pongamos. El material básico para mi novela está en el Génesis, Samuel, Crónicas 1 y 2 y Reyes 1.  Ni se os ocurra leerlos, que llevan spoilers. Nos podemos poner a discutir la verdadera autoría, que si Moisés escribió tal, que si los rabinos de la reforma del rey Josías reescribieron pascual, blablablá. La tesis con la que me quedó, que igual no es la más correcta desde el punto de vista histórico, pero literariamente me viene muy bien, es la que defienden los autores del siguiente libro.

El Libro de J, de Harold Bloom y David Rosenberg. Bloom sostiene una teoría bastante provocativa y que, sinceramente, por muy argumentada que esté, es imposible de demostrar: que el Génesis es una parodia, un libro escrito para ridiculizar al decadente rey Roboam, el sucesor indigno de Salomón que permitió que el reino se dividiese en dos. Incluso va más allá y especula con que el redactor J, el ‘Yavhista’, de la versión más antigua que se conoce del Génesis fuese una mujer, perteneciente a la corte de la ilustración salomónica, y, de hecho, guardiana de los saberes de la antigua religión matriarcal. Como la Biblia no ofrece muchos más candidatos, apunta a Betsabé, la madre de Salomón.

Los mitos hebreos, de Robert Graves y Raphael Patai. Recopilación de textos rabínicos con leyendas hebreas asociadas a la Biblia pero que o bien fueron eliminadas –por ser testimonios del politeísmo arcaico, o del monoteísmo matriarcal de la Diosa Madre– o son posteriores a la versión cerrada del Génesis que llega hasta a nosotros tras la reforma del rey Josías, que cortó y censuró por todas partes. Lo interesante es que recupera todas esas leyendas que se quedaron por el camino, y que explican las incongruencias de la Biblia que harían sonrojarse a un guionista de Perdidos. Cosas como la leyenda de Lilith, que no voy ni a explicar.

El saber mágico en el Antiguo Egipto, de Christian Jacq. Recopilación de leyendas y tradiciones sobre la magia en el Egipto de los faraones que después de leído el libro uno no tiene claro si Jacq se la cree o no. Como egiptólogo y novelista se le ponen pocas pegas hasta que uno se encuentra esto, que literariamente tiene muchas posibilidades, y lo ve escrito tipo ensayo que ni El retorno de los brujos. Igual le hacía falta pasta. La edición española la prologa Javier Sierra, lo cuál no ayuda. Me interesa, sobre todo, el concepto de los templos como representaciones del cuerpo humano, cada estancia correspondiente a un órgano.

Más allá de la Biblia, de Mario Liverani. La gracia de Liverani, mayormente, es que se pasa la Biblia por el arco del triunfo y le da una interpretación mucho más prosaica y menos mítica a casi todo. Para empezar, pasa olímpicamente de los libros del Pentateuco, desdeñándolos como base histórica de nada. Y luego coge y rebaja las pretensiones de lo que nos interesa: David y Salomón como dos lidercillos tribales glorificados posteriormente para crear una idea de nación. En cualquier caso, lo que cojo de él es su descripción de la expedición del faraón Sheshonk I, que translitera como Sesonquis, invadiendo los reinos de Israel y Palestina. Este libro, por cierto, es de todos el único que se va a datos históricos contrastados, ¿eh? Digo, porque no, nada de lo que yo voy a contar es realista. Por si acaso.

Guía de la Biblia. El Antiguo Testamento, de Isaac Asimov. Asimov se mantiene muy pegado a la Biblia, pero da interpretaciones históricas interesantes –aunque poco fundamentadas, en fin– para David, Salomón y compañía. Al menos analiza a Samuel como un intrigante político más que como un líder religioso.

Historia de la religión de Israel en tiempos del Antiguo Testamento, de Rainer Albertz. Lo contrario de Liverani, una Historia de Israel más pegada a la Biblia como documento, aunque no la siga al pie de la letra porque eso sería… de coña, más que nada. En realidad he usado unos cuantos más parecidos a este, pero me da pereza mencionarlos.

Y ya está. Como el proyecto del relato es de hace… AÑOS… en realidad la documentación ha sido involuntaria y muy prolongada en el tiempo, sirviéndome de excusa para leerme cosas que, en realidad, me leería de todas formas.

Prometo que la próxima entrada será menos coñazo. Presentar a los personajes, o meter ya un fragmento. Las cautivas por el Sinaí, o Salomón ante el espejo trascendiendo su cuerpo mortal. O Yavhé derrotando al Behemoth, que eso siempre vende. Algo que maree.

Jose

Brainstorm

Estoy bloqueado. Vamos, que no he empezado a escribir. Me cuesta encontrarle el punto de empatía a la historia, porque la novela que me he propuesto es, en realidad, una idea para un relato que quiero alargar. Y necesito que tenga un núcleo, un objetivo, que ahora mismo no está del todo claro. Sobre todo porque en este mes no le he dedicado apenas tiempo.

Tengo un amigo con el que hago brainstorms. Nos conocemos desde hace la pila de años y sólo hablamos de ficción. De tebeos, de series de televisión, de películas o de libros, discutimos de las cosas que escribimos y de las que leemos, y hemos coescrito y seguimos coescribiendo muchas. Lo conozco de escribir fanfictions, que son, básicamente, historias que te marcas con 16 años para demostrarles a esos estúpidos guionistas de la Marvel como se usa bien a Lobezno.

Nota: Aprendí mucho más haciendo eso que en un montón de talleres literarios donde te invitan a reflexionar sobre la condición humana y luego se permiten el lujo de decir que Gabriel García Márquez escribe mal. Váyase usted a cagar a la vía, debí decir ese día. O quizás lo dije y todo.

En fin, a lo que iba. Brainstorm. Me da coraje que me salga en inglés, pero ‘lluvia de ideas’ es muy largo. Tú explicas la idea que tienes para una historia y el otro o los otros la critican, o la desarrollan, o te dicen lo que harían ellos. Se crea una dinámica en la que, si todo va bien, acabas por no saber de quién ha sido idea cada cosa. A veces sólo te sirven para dar vueltas en círculo y sólo sabes lo que no debes hacer. Otras te enseñan caminos que ni se te pasaban por la cabeza. Se puede hacer para más cosas: un reportaje, un anuncio, conquistar Polonia…

Esta tarde he estado hablando con mi amigo el de los brainstorm sobre que no tengo ni idea de cómo afrontar el proyecto de ‘Salomón’. Pero ni pajolera, por no decir ni puta idea, que suena feo. De hecho hemos dado muchas vueltas para volver al punto de partida, con un concepto claro: se trata de una historia sobre cómo y por qué se cuentan historias, y la protagonista es Tamar, la (ficticia, siempre ficticia) autora del Génesis. Cautiva en Egipto y tal.

El tema es si contraponer, o no, a Tamar con El Cronista. Si hago una entrada sobre ‘Bibliografía básica’ igual lo desarrollo más, pero en la teoría bíblica digamos que el primer borrador de eso que llamamos Génesis se pudo escribir en paralelo al Libro 1 de las Crónicas, que cuenta hechos históricos más o menos objetivados (explica las cosas en función del favor de Yavhé pero tú le notas que es más por protocolo que otra cosa). Tamar escribe mitos, El Cronista historia. Ella es una mujer, heredera de las sacerdotisas de la Diosa Madre, y el hombre, si puede ser un levita, creyente del Dios Uno. Por ejemplo.

Aparte, quiero que David y Salomón formen parte de la historia. (Tamar y El Cronista viven tras la muerte de Salomón, ella cautiva en Egipto y él en la corte de Roboam, rey de Judá, hijo de Salomón). También lo desarrollaré si escribo un ‘Dramatis personae’, pero David y Salomón son los dos arquetipos de rey ideal. David es el guerrero vitalista, creador de civilizaciones, el héroe, la energía, el hombre que ama, come, mata y sufre. Salomón es el rey en tiempos de paz, el creador de leyes, la sabiduría y la calma. Etc. Ambos se reflejarían en Iuput, príncipe de Egipto y pretendiente de Tamar.

La otra parte del brainstorm que practicábamos en aquella web sobre fanfictions, que por cierto todavía existe, era la lectura beta. Cogías a alguien que no había tenido nada que ver en el proceso de escritura y le dabas el resultado, a ver qué le parecía. Luego incorporabas sus críticas, o no. Hay gente con talento para betatester -el que más y el que menos sabrá que el concepto viene del mundo de los videojuegos- a pesar de no tener aspiraciones literarias algunas. Te empiezan a señalar fallos de lógica o cosas que deberías potenciar con tanta claridad que te gustaría tener pasta para contratarlos a tiempo completo leyéndose cada mierda que vomites.

En fin. Que mi colega me ha aportado mucho al paralelismo Cronista/Tamar (además, a mi me es más fácil reflejarme en El Cronista, aunque necesito mi parte de Tamar para acceder a la verdad chamánica que representa el mito, y esto si que lo explico otro día que vaya puesto de LSD). Pero el problema es que aunque la historia de ella tiene muchos elementos definidos: el pretendiente, las intrigas políticas de Egipto, la abuela ciega (Betsabé), el exilio, el viaje al templo de Karnak… la de él no tiene casi nada: un rey imbécil (Roboam) y la decadencia frente a los tiempos de gloria, y un Cronista que quiere ser fiel a los hechos pero hace lo que puede.

No sé, a ver vosotros que pensáis. En estos días intento desarrollar todo eso, ya sabéis. Bibliografía, personajes y la verdad racional tras el mito. Tiene que ver con cuando Flaubert se fue a Túnez y le bailaron la danza del abejorro, y con un futbolista del Milán. De momento contadme que os parece lo de la tensión sexual entre el príncipe de Egipto y su prisionera israelita, por echar el rato.

Jose