Archivo mensual: diciembre 2013

En aquél tiempo…

En aquél tiempo, Judá, hijo de Jacob, era llamado el león. Un día se separó de sus hermanos, se unió a su amigo Jirá, el calebita, adorador del perro, y ambos bajaron con sus rebaños hasta las tierras de Adu Mam. Allí conoció Judá a un cananeo llamado Sua, y a su hija. Se casó con ella, adoptó sus costumbres y habitó en su casa, en la ciudad de Quezib.

La hija de Sua dio a Judá tres hijos: Er, Onán y Selá, que era mucho más joven que sus hermanos.

Cuando Er tuvo edad para casarse, Judá le buscó una esposa en las tierras cercanas, donde se movían sus rebaños. Esta fue Tamar, hija de un amorreo que era comerciante de Eniyim, y de la que se decía que tenía el don de la profecía. Er habitó la casa de la madre de su esposa. Pero sucedió que Er era débil y se había corrompido, así que murió.

Entonces Judá se dirigió a su hijo Onán y le dijo: “Hete aquí que tu hermano ha muerto. Entra en los brazos de su mujer y dale descendencia para que así pueda cumplirse el pacto que hicimos con ella”. Onán consintió casarse, pero no quería darle a Tamar hijos que luego serían de Er, de manera que cada vez que entraba en sus brazos, luego se derramaba en tierra. Así que también murió.

Judá bajó de nuevo a casa de la madre de su nuera y le dijo: “Mira, mi hijo Selá aún es joven. Espera a que tenga la edad y lo mandaré contigo, para que te descendencia y se cumpla nuestro pacto”. Pero en realidad Judá temía que Selá muriese también y evitaba el matrimonio con excusas.

Sucedió después que Judá, llamado el león, enviudó de la hija de Sua el cananeo. Para consolarse, decidió acompañar a los rebaños al esquileo en la ciudad de Timná y celebrar el festival acompañado de su hijo Selá, que ya era un adulto. El camino a Timná pasaba por Eniyim.

Entonces una mujer de Eniyim que era conocida de Tamar fue a la casa de su madre y le dijo: “Mira, he visto a tu suegro, Judá, el hijo de Jacob, al que los hombres llaman el león. Venía con su hijo menor, el hermano de tu marido, que ya es mayor”.

Tamar entonces se cambió las ropas de viuda por un velo rojo y salió a la puerta de la ciudad al paso de los rebaños de regresos del esquileo, al atardecer.

Judá volvía sólo, porque había dejado a Selá en Timná con los otros hombres. Al ver a su nuera, cubierta con el velo rojo y bajo la sombra de una palmera, no la reconoció. Pensó que era la ramera sagrada de Eniyim. Se acercó a ella y le dijo:

–          ¿Quieres yacer conmigo?

Tamar sabía que su suegro reconocería la voz, así que la disimuló:

–          Sólo si me agrada el pago.

–          Mira que soy un pastor y vengo del esquileo.

–          Entonces dame el mejor cabrito añojo de tu rebaño.

–          No lo tengo conmigo.

–          Aceptaré que me des una prenda hasta que me lo mandes.

–          La que tú digas.

–          Tu sello, tu cordón y el bastón que tienes en la maño.

Judá aceptó y entregó a su nuera las prendas. Ella lo llevó a la casa de su vecina, la que la avisó del engaño, y yació con él. Después se marchó sin despedirse, cambió su velo rojo por las ropas de viuda y guardó las prendas.

Judá regresó a Quezib con sus rebaños y pidió a su amigo Jirá que llevase el cabrito añojo a la ramera sagrada de Eniyim. Pero cuando Jirá preguntó a los lugareños dónde podía encontrar a la prostituta que se cubría con un velo a las puertas de la ciudad, le respondieron: “Nunca vimos una ramera ahí”.

Cuando pasaron tres meses,

Tres meses más tarde, avisaron a Judá de que el embarazo de su nuera era evidente. Irritado al saber que había yacido con un hombre que no era Selá, ordenó que la quemaran viva. Pero cuando los hombres llegaron a la casa de su madre, Tamar les entregó el sello, el cordón y el bastón y les dijo: “Si he de morir, que el israelita con el que pequé muera también; le reconoceréis por estas prendas”.

Cuando vio las prendas, Judá dijo a los hombres: “Tamar debe vivir pues la culpa ha sido nuestra. No hemos honrado nuestro pacto enviándole a Selá como esposo”. Así, ella quedó libre, pero Selá no pudo casarse con ella. Tampoco Judá volvió a yacer con Tamar, ni ella lo quería, pues suegro y nuera no se profesaban el menor deseo.

Llegó el tiempo del parto y aconteció que Tamar llevaba dos mellizos en su vientre. Uno de ellos sacó primero una mano y la partera le ató una cinta roja alrededor de la muñeca. Dijo: “Este nació el primero”. Pero el niño retiró la mano y fue su hermano el que salió. Tamar dijo: “Cómo te has abierto brecha”, y lo llamó Peres. Luego salió el menor, en cuya muñeca se veía la cinta roja, y lo llamó Zeraj.

Llegado el tiempo, Peres engendraría a Esrom, que engendró a Aram, que engendró a Aminadab, que engendró a Naasón. Naasón fue el primero en internarse en el Mar Rojo cuando los israelitas huyeron de Egipto, por delante de Moisés y Aarón. Naasón engendró a Salmah, que fue general de Josué. Salmah engendró de Rahab, la prostituta de Jericó, a Booz. Booz desposó a Ruth, la moabita, viuda de Malón y nuera de Noemí, y engendró de ella a Obed. Obed engendró a Jesé, y Jesé engendró a David, rey de Israel y de Judá.

De Betsabé, cuyo nombre significa la hija del pacto o la séptima hija, que era viuda de Urías el hitita, engendró David a Salomón, rey de Israel y de Judá.

Sobre la voz

A veces la vida se interpone. Tras varios días de inactividad en el terreno de la escritura, tanto voluntaria como involuntaria (la cama se ha quedado vacía y ya no hay señal para ponerse a trabajar), retomo mi proyecto, un poco más cansada y más triste, deseando recuperar las ganas de escribir.

Hoy os quiero hablar uno de los aspectos de la escritura que encuentro más difíciles, uno de mis problemas más frecuentes frecuentes, creo, y  desde luego uno de los que más me molestan: la voz.

A lo largo de los últimos años he asistido a muchos cursos, seminarios y conferencias sobre la escritura, y con cierta frecuencia se repite eso de que cada autor tiene que “encontrar su propia voz”, o de que los propios personajes deben tener “voces propias, reconocibles”, que los distingan como tales. Estoy completamente de acuerdo en que todos los escritores que admiro tienen voces muy reconocibles. La de Neil Gaiman es irónica y de resonancias folclóricas, la de Tolkien es solemne, pausada, morosa. La de Salinger está muy próxima a la oralidad. Cosas así.

Mi problema no es sólo que no crea haber encontrado aún esa voz que me defina. Ni mucho menos, para eso me queda aún mucho que escribir. Eso lo asumo. Mi problema, mucho más acuciante, es que no creo estar consiguiendo que mis personajes tengan voces propias. Las voces de mis personajes me resultan extrañamente familiares y pesadas, demasiado obvias, demasiado evidentes, demasiado parecidas a esa otra pesada, obvia e irritante, por familiar, vocecita que suena en mi cabeza todo el tiempo, y con la que no me queda más remedio que transigir, qué le vamos a hacer.

El tema de las voces de los personajes es importante, porque lo que dicen y cómo lo dicen es una de las herramientas más útiles para mostrar cómo son (amables, simpáticos, retorcidos, petulantes…) sin tener que decirlo. Así pues, si todos suenan como yo, ¿significa eso que no consigo redondearlos y dotarlos de más entidad que la de una mera excusa para que hagan lo que quiero que hagan?

Uno de mis problemas al abordar Boatswain es, por lo tanto, la voz del protagonista. Ya os he contado que en esta novela vemos los acontecimientos a través de los ojos de un perro. Pero, para que esos acontecimientos sean tan realistas como pretendo, he optado por sacudirme de encima el problema de la voz del personaje privándole de ella. Me explico. No pretendo hacer un Firmin. ¿Habéis leído Firmin, de Sam Savage, supongo? ¿No? Pues ya tenéis deberes para estas navidades. Esta novela, la primera publicada por su autor, narra la vida de un ratoncito bibliófilo que vive la vida a través de los libros que lee. Está contado en primera persona y el protagonista tiene una gran voz, llena de matices. Es un libro estupendo.

Pero no pretendo hacer nada parecido. Tampoco Historia de un gato. Mi protagonista, al que llamaremos, de momento, el Cachorro Amarillo, no tiene esa capacidad de expresarse en primera persona, ni siquiera hacia los lectores. Quiero que sea pura emoción, puro instinto, no pretendo imbuirlo de un pensamiento racional que no me consta que tenga. En ese sentido, he optado por (atención: terminología técnica) un narrador extradiegético que, la mayor parte del tiempo, va a ser deficiente. El narrador extradiegético, como sabéis, es el que se encuentra fuera de la acción narrada (no es un personaje. No es Firmin, protagonista de su propia historia, pero tampoco es el buen doctor Watson, que nos cuenta lo que ve). Es deficiente, porque no sabe lo que piensan los personajes. Es decir, no es Dios. No lo sabe todo. Sólo puede contar lo que hacen y lo que dicen. Esta fórmula, con las concesiones justas que me permitan mostrar esa emoción, ese instinto del que os hablaba, es la que más se ajusta a lo que quiero para Boatswain. Quiero y creo ser capaz de contar lo que quiero contar desde fuera.

Así que en ello estoy, recuperando poco a poco el hilo. Espero tener por delante unas navidades fructíferas, y os las deseo a vosotros.

Gracias por leerme,

Ana

 

 

 

Bibliografía básica

Documentarse mola. Bueno, no sé, a mi me mola. Me gusta la historia, me gusta la mitología, me gusta la teología. Me estoy quedando calvo de todas formas y no llego a fin de mes, pero bueno, al menos no soy del Sevilla FC. Algo es algo.

En fin, que para ‘Salomón’ me he documentado.  (No sé si debería hacer otra entrada para explicar por qué llamo al proyecto ‘Salomón’ en lugar de ‘Génesis’ o ‘Princesa Tamar’, pero todo llegará). Y cómo me apetece, voy a comentaros los cuatro o cinco libros principales que he usado. También por recomendárselos al que le vaya el rollo.

Vaya por delante que el libro tiene pinta de novela histórica pero no pretende ser un tratado documentado al dedillo. Aunque tenga la gracia de que me guste leer de estas cosas, así que mucho esfuerzo no ha requerido, documentarse demasiado es un coñazo. Igual un día tengo tiempo y ganas de escribir una novela documentada hasta la náusea, pero los tiempos bíblicos no se prestan.

La Biblia, VVAA. Esto es así, nos pongamos como nos pongamos. El material básico para mi novela está en el Génesis, Samuel, Crónicas 1 y 2 y Reyes 1.  Ni se os ocurra leerlos, que llevan spoilers. Nos podemos poner a discutir la verdadera autoría, que si Moisés escribió tal, que si los rabinos de la reforma del rey Josías reescribieron pascual, blablablá. La tesis con la que me quedó, que igual no es la más correcta desde el punto de vista histórico, pero literariamente me viene muy bien, es la que defienden los autores del siguiente libro.

El Libro de J, de Harold Bloom y David Rosenberg. Bloom sostiene una teoría bastante provocativa y que, sinceramente, por muy argumentada que esté, es imposible de demostrar: que el Génesis es una parodia, un libro escrito para ridiculizar al decadente rey Roboam, el sucesor indigno de Salomón que permitió que el reino se dividiese en dos. Incluso va más allá y especula con que el redactor J, el ‘Yavhista’, de la versión más antigua que se conoce del Génesis fuese una mujer, perteneciente a la corte de la ilustración salomónica, y, de hecho, guardiana de los saberes de la antigua religión matriarcal. Como la Biblia no ofrece muchos más candidatos, apunta a Betsabé, la madre de Salomón.

Los mitos hebreos, de Robert Graves y Raphael Patai. Recopilación de textos rabínicos con leyendas hebreas asociadas a la Biblia pero que o bien fueron eliminadas –por ser testimonios del politeísmo arcaico, o del monoteísmo matriarcal de la Diosa Madre– o son posteriores a la versión cerrada del Génesis que llega hasta a nosotros tras la reforma del rey Josías, que cortó y censuró por todas partes. Lo interesante es que recupera todas esas leyendas que se quedaron por el camino, y que explican las incongruencias de la Biblia que harían sonrojarse a un guionista de Perdidos. Cosas como la leyenda de Lilith, que no voy ni a explicar.

El saber mágico en el Antiguo Egipto, de Christian Jacq. Recopilación de leyendas y tradiciones sobre la magia en el Egipto de los faraones que después de leído el libro uno no tiene claro si Jacq se la cree o no. Como egiptólogo y novelista se le ponen pocas pegas hasta que uno se encuentra esto, que literariamente tiene muchas posibilidades, y lo ve escrito tipo ensayo que ni El retorno de los brujos. Igual le hacía falta pasta. La edición española la prologa Javier Sierra, lo cuál no ayuda. Me interesa, sobre todo, el concepto de los templos como representaciones del cuerpo humano, cada estancia correspondiente a un órgano.

Más allá de la Biblia, de Mario Liverani. La gracia de Liverani, mayormente, es que se pasa la Biblia por el arco del triunfo y le da una interpretación mucho más prosaica y menos mítica a casi todo. Para empezar, pasa olímpicamente de los libros del Pentateuco, desdeñándolos como base histórica de nada. Y luego coge y rebaja las pretensiones de lo que nos interesa: David y Salomón como dos lidercillos tribales glorificados posteriormente para crear una idea de nación. En cualquier caso, lo que cojo de él es su descripción de la expedición del faraón Sheshonk I, que translitera como Sesonquis, invadiendo los reinos de Israel y Palestina. Este libro, por cierto, es de todos el único que se va a datos históricos contrastados, ¿eh? Digo, porque no, nada de lo que yo voy a contar es realista. Por si acaso.

Guía de la Biblia. El Antiguo Testamento, de Isaac Asimov. Asimov se mantiene muy pegado a la Biblia, pero da interpretaciones históricas interesantes –aunque poco fundamentadas, en fin– para David, Salomón y compañía. Al menos analiza a Samuel como un intrigante político más que como un líder religioso.

Historia de la religión de Israel en tiempos del Antiguo Testamento, de Rainer Albertz. Lo contrario de Liverani, una Historia de Israel más pegada a la Biblia como documento, aunque no la siga al pie de la letra porque eso sería… de coña, más que nada. En realidad he usado unos cuantos más parecidos a este, pero me da pereza mencionarlos.

Y ya está. Como el proyecto del relato es de hace… AÑOS… en realidad la documentación ha sido involuntaria y muy prolongada en el tiempo, sirviéndome de excusa para leerme cosas que, en realidad, me leería de todas formas.

Prometo que la próxima entrada será menos coñazo. Presentar a los personajes, o meter ya un fragmento. Las cautivas por el Sinaí, o Salomón ante el espejo trascendiendo su cuerpo mortal. O Yavhé derrotando al Behemoth, que eso siempre vende. Algo que maree.

Jose

Brainstorm

Estoy bloqueado. Vamos, que no he empezado a escribir. Me cuesta encontrarle el punto de empatía a la historia, porque la novela que me he propuesto es, en realidad, una idea para un relato que quiero alargar. Y necesito que tenga un núcleo, un objetivo, que ahora mismo no está del todo claro. Sobre todo porque en este mes no le he dedicado apenas tiempo.

Tengo un amigo con el que hago brainstorms. Nos conocemos desde hace la pila de años y sólo hablamos de ficción. De tebeos, de series de televisión, de películas o de libros, discutimos de las cosas que escribimos y de las que leemos, y hemos coescrito y seguimos coescribiendo muchas. Lo conozco de escribir fanfictions, que son, básicamente, historias que te marcas con 16 años para demostrarles a esos estúpidos guionistas de la Marvel como se usa bien a Lobezno.

Nota: Aprendí mucho más haciendo eso que en un montón de talleres literarios donde te invitan a reflexionar sobre la condición humana y luego se permiten el lujo de decir que Gabriel García Márquez escribe mal. Váyase usted a cagar a la vía, debí decir ese día. O quizás lo dije y todo.

En fin, a lo que iba. Brainstorm. Me da coraje que me salga en inglés, pero ‘lluvia de ideas’ es muy largo. Tú explicas la idea que tienes para una historia y el otro o los otros la critican, o la desarrollan, o te dicen lo que harían ellos. Se crea una dinámica en la que, si todo va bien, acabas por no saber de quién ha sido idea cada cosa. A veces sólo te sirven para dar vueltas en círculo y sólo sabes lo que no debes hacer. Otras te enseñan caminos que ni se te pasaban por la cabeza. Se puede hacer para más cosas: un reportaje, un anuncio, conquistar Polonia…

Esta tarde he estado hablando con mi amigo el de los brainstorm sobre que no tengo ni idea de cómo afrontar el proyecto de ‘Salomón’. Pero ni pajolera, por no decir ni puta idea, que suena feo. De hecho hemos dado muchas vueltas para volver al punto de partida, con un concepto claro: se trata de una historia sobre cómo y por qué se cuentan historias, y la protagonista es Tamar, la (ficticia, siempre ficticia) autora del Génesis. Cautiva en Egipto y tal.

El tema es si contraponer, o no, a Tamar con El Cronista. Si hago una entrada sobre ‘Bibliografía básica’ igual lo desarrollo más, pero en la teoría bíblica digamos que el primer borrador de eso que llamamos Génesis se pudo escribir en paralelo al Libro 1 de las Crónicas, que cuenta hechos históricos más o menos objetivados (explica las cosas en función del favor de Yavhé pero tú le notas que es más por protocolo que otra cosa). Tamar escribe mitos, El Cronista historia. Ella es una mujer, heredera de las sacerdotisas de la Diosa Madre, y el hombre, si puede ser un levita, creyente del Dios Uno. Por ejemplo.

Aparte, quiero que David y Salomón formen parte de la historia. (Tamar y El Cronista viven tras la muerte de Salomón, ella cautiva en Egipto y él en la corte de Roboam, rey de Judá, hijo de Salomón). También lo desarrollaré si escribo un ‘Dramatis personae’, pero David y Salomón son los dos arquetipos de rey ideal. David es el guerrero vitalista, creador de civilizaciones, el héroe, la energía, el hombre que ama, come, mata y sufre. Salomón es el rey en tiempos de paz, el creador de leyes, la sabiduría y la calma. Etc. Ambos se reflejarían en Iuput, príncipe de Egipto y pretendiente de Tamar.

La otra parte del brainstorm que practicábamos en aquella web sobre fanfictions, que por cierto todavía existe, era la lectura beta. Cogías a alguien que no había tenido nada que ver en el proceso de escritura y le dabas el resultado, a ver qué le parecía. Luego incorporabas sus críticas, o no. Hay gente con talento para betatester -el que más y el que menos sabrá que el concepto viene del mundo de los videojuegos- a pesar de no tener aspiraciones literarias algunas. Te empiezan a señalar fallos de lógica o cosas que deberías potenciar con tanta claridad que te gustaría tener pasta para contratarlos a tiempo completo leyéndose cada mierda que vomites.

En fin. Que mi colega me ha aportado mucho al paralelismo Cronista/Tamar (además, a mi me es más fácil reflejarme en El Cronista, aunque necesito mi parte de Tamar para acceder a la verdad chamánica que representa el mito, y esto si que lo explico otro día que vaya puesto de LSD). Pero el problema es que aunque la historia de ella tiene muchos elementos definidos: el pretendiente, las intrigas políticas de Egipto, la abuela ciega (Betsabé), el exilio, el viaje al templo de Karnak… la de él no tiene casi nada: un rey imbécil (Roboam) y la decadencia frente a los tiempos de gloria, y un Cronista que quiere ser fiel a los hechos pero hace lo que puede.

No sé, a ver vosotros que pensáis. En estos días intento desarrollar todo eso, ya sabéis. Bibliografía, personajes y la verdad racional tras el mito. Tiene que ver con cuando Flaubert se fue a Túnez y le bailaron la danza del abejorro, y con un futbolista del Milán. De momento contadme que os parece lo de la tensión sexual entre el príncipe de Egipto y su prisionera israelita, por echar el rato.

Jose

Los rituales importan…

… Es un hecho. Y la escritura, como todas las cosas que importan, tiene su propio ritual. Se trata, creo, de construir un ambiente que favorezca la creatividad, o que al menos haga un poco más cómodo eso de estar un mínimo de dos a cinco horas sentada, escribiendo. En mi caso, como con la planificación y la documentación, tengo que tener cuidado para no perderme en los detalles. Y si bien es cierto que la mayoría de los elementos que constituyen mi particular ritual no son fundamentales, para mí se han convertido en las muletas para esto de la escritura. Contribuyen a hacerme sentir más cómoda. Y sí, me hacen perder un poco el tiempo. Pero a la larga funcionan.

Así pues, ¿cuál es mi ritual de escritura? O, podríamos decir, ¿cómo escribir una novela, si te distraes con tanta facilidad como yo?

Paso 1: evita estímulos indeseados.

Ésta es difícil. Cuando hay que ponerse a trabajar, los estímulos externos tienden a acumularse y todos, todos, todos sin excepción parecen bastante más divertidos que el mero hecho de sentarse a escribir (que a veces es apasionante, pero admitámoslo, puede ser una pesadilla).

Estas semanas pasadas han estado llenas de acontecimientos. La publicación del último cómic de Astérix, por ejemplo. O la emisión del último capítulo de Poirot, que muchos creíamos que no llegaría jamás. O la celebración de la Feria del Libro Antiguo de Sevilla, donde siempre se puede encontrar algo interesante (este año, una edición preciosa de El jorobado, de Paul Feval, prácticamente descatalogado y muy difícil de encontrar).

Pues eso, hay que evitarlos. O dosificarlos. La disciplina es importante. Y poner la escritura por delante es necesario.

Paso 2: escoge cuidadosamente tu ambiente de trabajo.

Quizás a vosotros no os resulte tan complicado como a mí mantener una mesa limpia y ordenada (mis compañeros de trabajo y mi marido, sin ponerse de acuerdo ni hablar entre ellos, podrán confirmar esto que os digo). Pero estoy tranquila, porque recientemente se ha demostrado que el orden no es imprescindible ni necesario. Además, si lo que intentas es postergar el acto mismo de la escritura, ponerte a ordenar tu mesa es una estrategia fantástica. En serio, te la recomiendo. Y ya que estás, ordena también tu ropa, pon un par de lavadoras, cambia los muebles de sitio y limpia el frigorífico. Estas tareas nunca te van a parecer tan apetecibles como cuando tienes que ponerte a escribir. ¿Cómo vas a poder escribir tranquilamente sabiendo que la ropa se acumula, la comida se pudre, y apenas puedes deslizar el ratón por la mesa? ¿¿Cómo?? ¿¿Cómo??

Paso 3: Ya que estás, ponte tu uniforme de escribir.

Lo tienes, aunque no lo creas. Recuerda el uniforme de matar de Dexter. Puede ser tu camiseta más vieja, generalmente es tu pijama. Yo, aunque esto jamás lo verás, suelo recogerme la melena en un moño horrible. Y las gafas se me deslizan hasta la nariz. Las lentillas son para actos sociales, NO para leer, escribir o trabajar. Todo eso me lleva a hacerme un par de preguntas sobre esas fotos tan estupendas que tienen los escritores en las contraportadas de sus libros.

En serio, estas cosas son importantes.

Paso 4: Rodéate de los complementos adecuados.

A lo mejor escribes en ordenador y no necesitas nada más. O quizás escribes a mano y necesitas un tipo de bolígrafo en concreto. O tienes, como yo, un cuaderno asignado a cada novela, en el que apuntas todo lo que tenga que ver con ella y nada más. (¿Qué no tienes un cuaderno especial? ¿En serio? ¿No sabes lo que es un cuaderno especial? ¿Nunca te has sentido todo un Hemingway de la vida sólo por llevar un moleskine en el bolso? Te compadezco…).

Además, elige tu bebida caliente de acompañamiento (yo bebo té). Tal vez necesites otras cosas. Yo tengo mis imprescindibles: mi lámpara (es muy especial, otro día hablaré de ella). Mi ordenador. Mis resúmenes de capítulos. Mi gato, mi perro.

Una curiosidad sobre mis resúmenes, de los que ya os he hablado: aunque en realidad escribo a ordenador, los resúmenes y la preparaciómancha tintan de la novela me gusta hacerla a mano. Y tengo la manía particular de escribir los resúmenes de capítulos con pluma y tintero, porque me gusta la idea de tener algo en papel y porque así doy uso a mis plumas de vez en cuando. El problema es que, como trasncurre tanto tiempo entre una novela y otra, tengo que aprender a usarlas cada vez, y me mancho mucho. En estos días tengo una distintiva mancha de tinta en los dedos anular y pulgar de mi mano derecha. Y, a veces, los accidentes ocurren.

Paso 5: Prepara tu hilo musical.

La música es importante. Ayuda a imprimir de ritmo la escritura y, en mi caso, me ayuda mucho a encontrar el tono que busco. Cuando escribo, suelo escuchar una y otra vez las mismas canciones, que generalmente no tienen nada que ver de una novela o cuento al siguiente. Por ejemplo, por razones que no vienen al caso pero que las pocas personas que la han leído entenderán perfectamente, durante la escritura de mi anterior novela escuchaba una y otra vez la banda sonora de Los Tudor. No, no está ambientada en el periodo isabelino. Ahora, voy alternando entre la banda sonora de Cloud Atlas, algunas canciones de la primera película de Los juegos del hambre (escuchad la letra antes de juzgarme) y, sobre todo, la banda sonora de Cómo entrenar a tu dragón.

Paso 6: Olvídate de todo esto y siéntate a escribir.

Ya sabíais que iba a llegar hasta aquí. No, en serio. Es muy tentador perder tiempo con estas cosas cuando uno emprende un proyecto creativo y deja atrás ese primer periodo en el que todo es muy divertido, la inspiración fluye por sí sola, el verdadero trabajo ni se intuye, y de repente se encuentra en ese momento en el que, bueno, sentarse a escribir consiste, básicamente, en pasarse muchas horas sentado. Escribiendo. Cuando hay tantas y tantas cosas interesantes por hacer. En esos momentos, igual que cuando preparábamos los exámenes finales de la carrera, todo parece más interesante que lo que estás haciendo, y perder el tiempo en “investigar” detalles insustanciales que de repente, oh sí, parecen TAN imprescindibles en el desarrollo de tu novela, es una gran tentación.

Me reitero en lo que decía anteriormente. Esto de escribir tiene su pequeño ritual, al menos para mí, y hay cosas que me resultan imprescindibles. Necesito tener algo de beber cerca. Necesito tener mi ordenador, la lámpara de la que me enamoré hace años en una feria de artesanía y que tengo gracias a la perseverancia de mi madre, que no paró hasta conseguirme una. Y sí es cierto que, para cada novela o proyecto nuevo, escojo un cuaderno, uno que va a estar conmigo durante todo el proceso y en el que vuelco todas esas ideas que luego probablemente no vuelva a leer jamás, pero que necesito descargar poco a poco a medida que escribo. O justo antes de escribir. Es curioso. Mi primera novela, tan gótica, tan intrincada, necesitaba de un cuaderno hecho a mano, bastante extravagante, muy especial. Todo lo que sé sobre Boatswain está escrito en un sencillo cuaderno negro con hojas de cuadros. Así es como funciona mi cabeza.

Y luego, está el espacio, la mesa de trabajo. En eso soy muy afortunada. Desde mi mesa controlo la puerta de la casa, pero también la cama (mi despacho está en mi dormitorio) en la que, el noventa por ciento de las veces, Gato dormita ruidosamente o me vigila para que no me levante demasiado a menudo. A estas alturas me resulta difícil escribir sin él. A mi espalda hay dos enormes ventanales que dan a los jardines de la urbanización. Si hay luz, la disfruto. Si llueve y está nublado, aún mejor, lo aprovecho.

Pero, a la postre, lo que importa es dejarse de tonterías y sentarse a escribir.

Precisamente, Gato acaba de trepar de un saltito a la cama y se ha hecho un ovillo con el hocico apuntando hacia mí. Respira hondo, cierra los ojos. Parece cómodo. Es la señal, me toca ponerme a trabajar. Perdonadme, tengo que dejaros.

Gracias por leerme,

-Ana.