Archivo del Autor: José Cano

Soy una nenaza

Cómo debe ser evidente, no he terminado mi novela. Se podría decir que prácticamente no la he empezado. Bueno, no se podría decir, es que es así. Hay escritas un par de páginas, el esquema y una semblanza de los personajes principales. Aparte de fragmentos de ‘reescribir la Biblica’ como el que vistéis por aquí hace casi dos meses con la historia de Judá y Tamar.

La razón es que soy una nenaza. Sí, sé que suena misógino, pero quiero escribir una novela sobre la Biblia, ¿qué esperabáis? En fin, que no he tenido fuerza de voluntad para ponerme un horario. Mi trabajo no ayuda, porque por definición no tiene horario, pero, ¿quién ha dicho que los escritores deban dormir? Dormir es de nenazas.

Igual he sido demasiado ambicioso y debería plantearme una disciplina más flexible que la que permite la novela. Como proponerme escribir un libro de relatos. O un relato al mes, o cada quince días, ritmos que en el pasado fui capaz de cumplir. Por otro lado, cualquier día de estos voy a cumplir 29 años y, ¿no hay que escribir una novela antes de los 30 o algo así? Quiero decir, ¿si no es ahora, cuándo?

También soy consciente de que si te pasas dos meses sin pisar el gimnasio, pretender levantar 60 kilos, por mucho que hace dos meses si pudieras, es de estar muy flipado. Te vas a joder la espalda, en el mejor de los casos. No vas a ser capaz. Tienes que volver a empezar desde el principio, a tus 30 kilitos, y recuperar el ritmo. Pero claro, está el coraje de no acabar lo que se empieza.

Por otro lado, parte de mi problema, más allá de que no he tenido disciplina -con otras cosas sí, pero quiero hacer tantas a la vez que vivo en la desorganización más absoluta-, es que no soy capaz de encontrar el estado mental de la novela. De proyectar el paisaje bíblico ese. No sé si me explico.

El periodo más productivo para ‘Salomón’ fueron los 10 días de vacaciones de Navidad que pasé en casa de mis padres. Esa casa es la mi abuela reformada, y antes fue parte de la de mi bisabuelo, en un despiece de generación en generación de lo que debía ser un casoplón. Vamos, que es Macondo. Allí me calcé La Divina Comedia con 13 añitos.

Es decir, para mi es más fácil conectar con el narrador telúrico, la narración pura básica, en esa casa como lugar de poder. Me acerca al estado chamánico de conciencia. Por supuesto, como soy un racionalista y lector de Magonia, sé que ponerme en plan Jung son zarandajas. Pero me funciona.

En Granada, que es donde vivo, soy periodista. Y me dedico a ver la crisis en vivo y en directo, en asiento de primera fila. Así que el cuerpo me pide escribir otro tipo de cosas, y administrarla en píldoras.

¿Qué debo hacer? ¿Qué será de ‘A tres tintas’? ¿Es todo rollo y me quedaré en escritor wannabe? ¿Le interesa esto a alguien?

No por mucho madrugar amanece más temprano.

Jose

En aquél tiempo…

En aquél tiempo, Judá, hijo de Jacob, era llamado el león. Un día se separó de sus hermanos, se unió a su amigo Jirá, el calebita, adorador del perro, y ambos bajaron con sus rebaños hasta las tierras de Adu Mam. Allí conoció Judá a un cananeo llamado Sua, y a su hija. Se casó con ella, adoptó sus costumbres y habitó en su casa, en la ciudad de Quezib.

La hija de Sua dio a Judá tres hijos: Er, Onán y Selá, que era mucho más joven que sus hermanos.

Cuando Er tuvo edad para casarse, Judá le buscó una esposa en las tierras cercanas, donde se movían sus rebaños. Esta fue Tamar, hija de un amorreo que era comerciante de Eniyim, y de la que se decía que tenía el don de la profecía. Er habitó la casa de la madre de su esposa. Pero sucedió que Er era débil y se había corrompido, así que murió.

Entonces Judá se dirigió a su hijo Onán y le dijo: “Hete aquí que tu hermano ha muerto. Entra en los brazos de su mujer y dale descendencia para que así pueda cumplirse el pacto que hicimos con ella”. Onán consintió casarse, pero no quería darle a Tamar hijos que luego serían de Er, de manera que cada vez que entraba en sus brazos, luego se derramaba en tierra. Así que también murió.

Judá bajó de nuevo a casa de la madre de su nuera y le dijo: “Mira, mi hijo Selá aún es joven. Espera a que tenga la edad y lo mandaré contigo, para que te descendencia y se cumpla nuestro pacto”. Pero en realidad Judá temía que Selá muriese también y evitaba el matrimonio con excusas.

Sucedió después que Judá, llamado el león, enviudó de la hija de Sua el cananeo. Para consolarse, decidió acompañar a los rebaños al esquileo en la ciudad de Timná y celebrar el festival acompañado de su hijo Selá, que ya era un adulto. El camino a Timná pasaba por Eniyim.

Entonces una mujer de Eniyim que era conocida de Tamar fue a la casa de su madre y le dijo: “Mira, he visto a tu suegro, Judá, el hijo de Jacob, al que los hombres llaman el león. Venía con su hijo menor, el hermano de tu marido, que ya es mayor”.

Tamar entonces se cambió las ropas de viuda por un velo rojo y salió a la puerta de la ciudad al paso de los rebaños de regresos del esquileo, al atardecer.

Judá volvía sólo, porque había dejado a Selá en Timná con los otros hombres. Al ver a su nuera, cubierta con el velo rojo y bajo la sombra de una palmera, no la reconoció. Pensó que era la ramera sagrada de Eniyim. Se acercó a ella y le dijo:

–          ¿Quieres yacer conmigo?

Tamar sabía que su suegro reconocería la voz, así que la disimuló:

–          Sólo si me agrada el pago.

–          Mira que soy un pastor y vengo del esquileo.

–          Entonces dame el mejor cabrito añojo de tu rebaño.

–          No lo tengo conmigo.

–          Aceptaré que me des una prenda hasta que me lo mandes.

–          La que tú digas.

–          Tu sello, tu cordón y el bastón que tienes en la maño.

Judá aceptó y entregó a su nuera las prendas. Ella lo llevó a la casa de su vecina, la que la avisó del engaño, y yació con él. Después se marchó sin despedirse, cambió su velo rojo por las ropas de viuda y guardó las prendas.

Judá regresó a Quezib con sus rebaños y pidió a su amigo Jirá que llevase el cabrito añojo a la ramera sagrada de Eniyim. Pero cuando Jirá preguntó a los lugareños dónde podía encontrar a la prostituta que se cubría con un velo a las puertas de la ciudad, le respondieron: “Nunca vimos una ramera ahí”.

Cuando pasaron tres meses,

Tres meses más tarde, avisaron a Judá de que el embarazo de su nuera era evidente. Irritado al saber que había yacido con un hombre que no era Selá, ordenó que la quemaran viva. Pero cuando los hombres llegaron a la casa de su madre, Tamar les entregó el sello, el cordón y el bastón y les dijo: “Si he de morir, que el israelita con el que pequé muera también; le reconoceréis por estas prendas”.

Cuando vio las prendas, Judá dijo a los hombres: “Tamar debe vivir pues la culpa ha sido nuestra. No hemos honrado nuestro pacto enviándole a Selá como esposo”. Así, ella quedó libre, pero Selá no pudo casarse con ella. Tampoco Judá volvió a yacer con Tamar, ni ella lo quería, pues suegro y nuera no se profesaban el menor deseo.

Llegó el tiempo del parto y aconteció que Tamar llevaba dos mellizos en su vientre. Uno de ellos sacó primero una mano y la partera le ató una cinta roja alrededor de la muñeca. Dijo: “Este nació el primero”. Pero el niño retiró la mano y fue su hermano el que salió. Tamar dijo: “Cómo te has abierto brecha”, y lo llamó Peres. Luego salió el menor, en cuya muñeca se veía la cinta roja, y lo llamó Zeraj.

Llegado el tiempo, Peres engendraría a Esrom, que engendró a Aram, que engendró a Aminadab, que engendró a Naasón. Naasón fue el primero en internarse en el Mar Rojo cuando los israelitas huyeron de Egipto, por delante de Moisés y Aarón. Naasón engendró a Salmah, que fue general de Josué. Salmah engendró de Rahab, la prostituta de Jericó, a Booz. Booz desposó a Ruth, la moabita, viuda de Malón y nuera de Noemí, y engendró de ella a Obed. Obed engendró a Jesé, y Jesé engendró a David, rey de Israel y de Judá.

De Betsabé, cuyo nombre significa la hija del pacto o la séptima hija, que era viuda de Urías el hitita, engendró David a Salomón, rey de Israel y de Judá.

Bibliografía básica

Documentarse mola. Bueno, no sé, a mi me mola. Me gusta la historia, me gusta la mitología, me gusta la teología. Me estoy quedando calvo de todas formas y no llego a fin de mes, pero bueno, al menos no soy del Sevilla FC. Algo es algo.

En fin, que para ‘Salomón’ me he documentado.  (No sé si debería hacer otra entrada para explicar por qué llamo al proyecto ‘Salomón’ en lugar de ‘Génesis’ o ‘Princesa Tamar’, pero todo llegará). Y cómo me apetece, voy a comentaros los cuatro o cinco libros principales que he usado. También por recomendárselos al que le vaya el rollo.

Vaya por delante que el libro tiene pinta de novela histórica pero no pretende ser un tratado documentado al dedillo. Aunque tenga la gracia de que me guste leer de estas cosas, así que mucho esfuerzo no ha requerido, documentarse demasiado es un coñazo. Igual un día tengo tiempo y ganas de escribir una novela documentada hasta la náusea, pero los tiempos bíblicos no se prestan.

La Biblia, VVAA. Esto es así, nos pongamos como nos pongamos. El material básico para mi novela está en el Génesis, Samuel, Crónicas 1 y 2 y Reyes 1.  Ni se os ocurra leerlos, que llevan spoilers. Nos podemos poner a discutir la verdadera autoría, que si Moisés escribió tal, que si los rabinos de la reforma del rey Josías reescribieron pascual, blablablá. La tesis con la que me quedó, que igual no es la más correcta desde el punto de vista histórico, pero literariamente me viene muy bien, es la que defienden los autores del siguiente libro.

El Libro de J, de Harold Bloom y David Rosenberg. Bloom sostiene una teoría bastante provocativa y que, sinceramente, por muy argumentada que esté, es imposible de demostrar: que el Génesis es una parodia, un libro escrito para ridiculizar al decadente rey Roboam, el sucesor indigno de Salomón que permitió que el reino se dividiese en dos. Incluso va más allá y especula con que el redactor J, el ‘Yavhista’, de la versión más antigua que se conoce del Génesis fuese una mujer, perteneciente a la corte de la ilustración salomónica, y, de hecho, guardiana de los saberes de la antigua religión matriarcal. Como la Biblia no ofrece muchos más candidatos, apunta a Betsabé, la madre de Salomón.

Los mitos hebreos, de Robert Graves y Raphael Patai. Recopilación de textos rabínicos con leyendas hebreas asociadas a la Biblia pero que o bien fueron eliminadas –por ser testimonios del politeísmo arcaico, o del monoteísmo matriarcal de la Diosa Madre– o son posteriores a la versión cerrada del Génesis que llega hasta a nosotros tras la reforma del rey Josías, que cortó y censuró por todas partes. Lo interesante es que recupera todas esas leyendas que se quedaron por el camino, y que explican las incongruencias de la Biblia que harían sonrojarse a un guionista de Perdidos. Cosas como la leyenda de Lilith, que no voy ni a explicar.

El saber mágico en el Antiguo Egipto, de Christian Jacq. Recopilación de leyendas y tradiciones sobre la magia en el Egipto de los faraones que después de leído el libro uno no tiene claro si Jacq se la cree o no. Como egiptólogo y novelista se le ponen pocas pegas hasta que uno se encuentra esto, que literariamente tiene muchas posibilidades, y lo ve escrito tipo ensayo que ni El retorno de los brujos. Igual le hacía falta pasta. La edición española la prologa Javier Sierra, lo cuál no ayuda. Me interesa, sobre todo, el concepto de los templos como representaciones del cuerpo humano, cada estancia correspondiente a un órgano.

Más allá de la Biblia, de Mario Liverani. La gracia de Liverani, mayormente, es que se pasa la Biblia por el arco del triunfo y le da una interpretación mucho más prosaica y menos mítica a casi todo. Para empezar, pasa olímpicamente de los libros del Pentateuco, desdeñándolos como base histórica de nada. Y luego coge y rebaja las pretensiones de lo que nos interesa: David y Salomón como dos lidercillos tribales glorificados posteriormente para crear una idea de nación. En cualquier caso, lo que cojo de él es su descripción de la expedición del faraón Sheshonk I, que translitera como Sesonquis, invadiendo los reinos de Israel y Palestina. Este libro, por cierto, es de todos el único que se va a datos históricos contrastados, ¿eh? Digo, porque no, nada de lo que yo voy a contar es realista. Por si acaso.

Guía de la Biblia. El Antiguo Testamento, de Isaac Asimov. Asimov se mantiene muy pegado a la Biblia, pero da interpretaciones históricas interesantes –aunque poco fundamentadas, en fin– para David, Salomón y compañía. Al menos analiza a Samuel como un intrigante político más que como un líder religioso.

Historia de la religión de Israel en tiempos del Antiguo Testamento, de Rainer Albertz. Lo contrario de Liverani, una Historia de Israel más pegada a la Biblia como documento, aunque no la siga al pie de la letra porque eso sería… de coña, más que nada. En realidad he usado unos cuantos más parecidos a este, pero me da pereza mencionarlos.

Y ya está. Como el proyecto del relato es de hace… AÑOS… en realidad la documentación ha sido involuntaria y muy prolongada en el tiempo, sirviéndome de excusa para leerme cosas que, en realidad, me leería de todas formas.

Prometo que la próxima entrada será menos coñazo. Presentar a los personajes, o meter ya un fragmento. Las cautivas por el Sinaí, o Salomón ante el espejo trascendiendo su cuerpo mortal. O Yavhé derrotando al Behemoth, que eso siempre vende. Algo que maree.

Jose

Brainstorm

Estoy bloqueado. Vamos, que no he empezado a escribir. Me cuesta encontrarle el punto de empatía a la historia, porque la novela que me he propuesto es, en realidad, una idea para un relato que quiero alargar. Y necesito que tenga un núcleo, un objetivo, que ahora mismo no está del todo claro. Sobre todo porque en este mes no le he dedicado apenas tiempo.

Tengo un amigo con el que hago brainstorms. Nos conocemos desde hace la pila de años y sólo hablamos de ficción. De tebeos, de series de televisión, de películas o de libros, discutimos de las cosas que escribimos y de las que leemos, y hemos coescrito y seguimos coescribiendo muchas. Lo conozco de escribir fanfictions, que son, básicamente, historias que te marcas con 16 años para demostrarles a esos estúpidos guionistas de la Marvel como se usa bien a Lobezno.

Nota: Aprendí mucho más haciendo eso que en un montón de talleres literarios donde te invitan a reflexionar sobre la condición humana y luego se permiten el lujo de decir que Gabriel García Márquez escribe mal. Váyase usted a cagar a la vía, debí decir ese día. O quizás lo dije y todo.

En fin, a lo que iba. Brainstorm. Me da coraje que me salga en inglés, pero ‘lluvia de ideas’ es muy largo. Tú explicas la idea que tienes para una historia y el otro o los otros la critican, o la desarrollan, o te dicen lo que harían ellos. Se crea una dinámica en la que, si todo va bien, acabas por no saber de quién ha sido idea cada cosa. A veces sólo te sirven para dar vueltas en círculo y sólo sabes lo que no debes hacer. Otras te enseñan caminos que ni se te pasaban por la cabeza. Se puede hacer para más cosas: un reportaje, un anuncio, conquistar Polonia…

Esta tarde he estado hablando con mi amigo el de los brainstorm sobre que no tengo ni idea de cómo afrontar el proyecto de ‘Salomón’. Pero ni pajolera, por no decir ni puta idea, que suena feo. De hecho hemos dado muchas vueltas para volver al punto de partida, con un concepto claro: se trata de una historia sobre cómo y por qué se cuentan historias, y la protagonista es Tamar, la (ficticia, siempre ficticia) autora del Génesis. Cautiva en Egipto y tal.

El tema es si contraponer, o no, a Tamar con El Cronista. Si hago una entrada sobre ‘Bibliografía básica’ igual lo desarrollo más, pero en la teoría bíblica digamos que el primer borrador de eso que llamamos Génesis se pudo escribir en paralelo al Libro 1 de las Crónicas, que cuenta hechos históricos más o menos objetivados (explica las cosas en función del favor de Yavhé pero tú le notas que es más por protocolo que otra cosa). Tamar escribe mitos, El Cronista historia. Ella es una mujer, heredera de las sacerdotisas de la Diosa Madre, y el hombre, si puede ser un levita, creyente del Dios Uno. Por ejemplo.

Aparte, quiero que David y Salomón formen parte de la historia. (Tamar y El Cronista viven tras la muerte de Salomón, ella cautiva en Egipto y él en la corte de Roboam, rey de Judá, hijo de Salomón). También lo desarrollaré si escribo un ‘Dramatis personae’, pero David y Salomón son los dos arquetipos de rey ideal. David es el guerrero vitalista, creador de civilizaciones, el héroe, la energía, el hombre que ama, come, mata y sufre. Salomón es el rey en tiempos de paz, el creador de leyes, la sabiduría y la calma. Etc. Ambos se reflejarían en Iuput, príncipe de Egipto y pretendiente de Tamar.

La otra parte del brainstorm que practicábamos en aquella web sobre fanfictions, que por cierto todavía existe, era la lectura beta. Cogías a alguien que no había tenido nada que ver en el proceso de escritura y le dabas el resultado, a ver qué le parecía. Luego incorporabas sus críticas, o no. Hay gente con talento para betatester -el que más y el que menos sabrá que el concepto viene del mundo de los videojuegos- a pesar de no tener aspiraciones literarias algunas. Te empiezan a señalar fallos de lógica o cosas que deberías potenciar con tanta claridad que te gustaría tener pasta para contratarlos a tiempo completo leyéndose cada mierda que vomites.

En fin. Que mi colega me ha aportado mucho al paralelismo Cronista/Tamar (además, a mi me es más fácil reflejarme en El Cronista, aunque necesito mi parte de Tamar para acceder a la verdad chamánica que representa el mito, y esto si que lo explico otro día que vaya puesto de LSD). Pero el problema es que aunque la historia de ella tiene muchos elementos definidos: el pretendiente, las intrigas políticas de Egipto, la abuela ciega (Betsabé), el exilio, el viaje al templo de Karnak… la de él no tiene casi nada: un rey imbécil (Roboam) y la decadencia frente a los tiempos de gloria, y un Cronista que quiere ser fiel a los hechos pero hace lo que puede.

No sé, a ver vosotros que pensáis. En estos días intento desarrollar todo eso, ya sabéis. Bibliografía, personajes y la verdad racional tras el mito. Tiene que ver con cuando Flaubert se fue a Túnez y le bailaron la danza del abejorro, y con un futbolista del Milán. De momento contadme que os parece lo de la tensión sexual entre el príncipe de Egipto y su prisionera israelita, por echar el rato.

Jose

La Biblia la escribió una tía

La Biblia la escribió una tía. No lo digo yo, lo dice Harold Bloom, que algo sabrá del tema, en El Libro de J. Luego, en La diosa blanca, Los mitos hebreos y Rey, Jesús, Robert Graves, que iba a clase con Tolkien y CS Lewis -él era el que ligaba, como os podéis imaginar-, da la matraca con que los primeros monoteismos eran matriarcales, alrededor de una Diosa Madre, y luego vino la civilización falócrata y lo jodió todo.

Lo que yo quiero escribir es la historia de Tamar, una bisnieta ficticia del rey David, escribiendo el génesis al dictado de la centenaria bisabuela Betsabé mientras ambas son rehenes en la corte del faraón Sheshonq I, que saqueó el reino de Judá en el quinto año del reinado de Roboam, uno de los herederos de Salomón tras su muerte y la división del reino. Yavhé lo castigó por ir con mujeres malas, así como os lo cuento. Está todo en la Biblia, menos la bisnieta inventada. De verdad.

A todo esto. Llevo más de un año sin escribir. Presenté unos cuantos relatos a varios concursos de ciencia-ficción allá por mediados de 2012. Desde entonces, nada. Escribir ficción, me refiero. Escribo todos los días, hasta hartarme.

Ahora mismo estoy acabando Forastero en tierra extraña, de Robert A Heinlein, y he empezado Sinuhé el egipcio, de Mika Waltari. Probablemente siga comentando las cosas que leo, las series que veo –tengo pendiente el último capítulo de la primera temporada de The Americans y empezar con la quinta de The Good Wife– y, sobre todo, la música que escucho mientras escribo. No tengo ni idea de música, en cualquier caso.

Tengo mis dudas sobre por dónde me va a salir la novela. No tengo nada clara la estructura ni nada de nada, y soy un flipado de la ciencia-ficción, así que cuando salga un astronauta, pues yo que sé, os empezáis a saltar mis entradas y ya está.

Luego tengo el complejo de culpa: la literatura debería estar más cerca de la realidad, y no de estas polladas baratas. Pero de momento voy a hacer esto porque tengo la documentación resuelta, muchas notas, un conato de esquema y no voy a tener tiempo. O sí. O yo que sé.

Tengo una excusa para unir realidad y chorradas mística y pseudohistóricas. Y el Gran Colisionador de Hadrones, además. Pero ya os lo iré contando. O no. O yo que sé.

Jose Cano

@jose_cano85