Los rituales importan…

… Es un hecho. Y la escritura, como todas las cosas que importan, tiene su propio ritual. Se trata, creo, de construir un ambiente que favorezca la creatividad, o que al menos haga un poco más cómodo eso de estar un mínimo de dos a cinco horas sentada, escribiendo. En mi caso, como con la planificación y la documentación, tengo que tener cuidado para no perderme en los detalles. Y si bien es cierto que la mayoría de los elementos que constituyen mi particular ritual no son fundamentales, para mí se han convertido en las muletas para esto de la escritura. Contribuyen a hacerme sentir más cómoda. Y sí, me hacen perder un poco el tiempo. Pero a la larga funcionan.

Así pues, ¿cuál es mi ritual de escritura? O, podríamos decir, ¿cómo escribir una novela, si te distraes con tanta facilidad como yo?

Paso 1: evita estímulos indeseados.

Ésta es difícil. Cuando hay que ponerse a trabajar, los estímulos externos tienden a acumularse y todos, todos, todos sin excepción parecen bastante más divertidos que el mero hecho de sentarse a escribir (que a veces es apasionante, pero admitámoslo, puede ser una pesadilla).

Estas semanas pasadas han estado llenas de acontecimientos. La publicación del último cómic de Astérix, por ejemplo. O la emisión del último capítulo de Poirot, que muchos creíamos que no llegaría jamás. O la celebración de la Feria del Libro Antiguo de Sevilla, donde siempre se puede encontrar algo interesante (este año, una edición preciosa de El jorobado, de Paul Feval, prácticamente descatalogado y muy difícil de encontrar).

Pues eso, hay que evitarlos. O dosificarlos. La disciplina es importante. Y poner la escritura por delante es necesario.

Paso 2: escoge cuidadosamente tu ambiente de trabajo.

Quizás a vosotros no os resulte tan complicado como a mí mantener una mesa limpia y ordenada (mis compañeros de trabajo y mi marido, sin ponerse de acuerdo ni hablar entre ellos, podrán confirmar esto que os digo). Pero estoy tranquila, porque recientemente se ha demostrado que el orden no es imprescindible ni necesario. Además, si lo que intentas es postergar el acto mismo de la escritura, ponerte a ordenar tu mesa es una estrategia fantástica. En serio, te la recomiendo. Y ya que estás, ordena también tu ropa, pon un par de lavadoras, cambia los muebles de sitio y limpia el frigorífico. Estas tareas nunca te van a parecer tan apetecibles como cuando tienes que ponerte a escribir. ¿Cómo vas a poder escribir tranquilamente sabiendo que la ropa se acumula, la comida se pudre, y apenas puedes deslizar el ratón por la mesa? ¿¿Cómo?? ¿¿Cómo??

Paso 3: Ya que estás, ponte tu uniforme de escribir.

Lo tienes, aunque no lo creas. Recuerda el uniforme de matar de Dexter. Puede ser tu camiseta más vieja, generalmente es tu pijama. Yo, aunque esto jamás lo verás, suelo recogerme la melena en un moño horrible. Y las gafas se me deslizan hasta la nariz. Las lentillas son para actos sociales, NO para leer, escribir o trabajar. Todo eso me lleva a hacerme un par de preguntas sobre esas fotos tan estupendas que tienen los escritores en las contraportadas de sus libros.

En serio, estas cosas son importantes.

Paso 4: Rodéate de los complementos adecuados.

A lo mejor escribes en ordenador y no necesitas nada más. O quizás escribes a mano y necesitas un tipo de bolígrafo en concreto. O tienes, como yo, un cuaderno asignado a cada novela, en el que apuntas todo lo que tenga que ver con ella y nada más. (¿Qué no tienes un cuaderno especial? ¿En serio? ¿No sabes lo que es un cuaderno especial? ¿Nunca te has sentido todo un Hemingway de la vida sólo por llevar un moleskine en el bolso? Te compadezco…).

Además, elige tu bebida caliente de acompañamiento (yo bebo té). Tal vez necesites otras cosas. Yo tengo mis imprescindibles: mi lámpara (es muy especial, otro día hablaré de ella). Mi ordenador. Mis resúmenes de capítulos. Mi gato, mi perro.

Una curiosidad sobre mis resúmenes, de los que ya os he hablado: aunque en realidad escribo a ordenador, los resúmenes y la preparaciómancha tintan de la novela me gusta hacerla a mano. Y tengo la manía particular de escribir los resúmenes de capítulos con pluma y tintero, porque me gusta la idea de tener algo en papel y porque así doy uso a mis plumas de vez en cuando. El problema es que, como trasncurre tanto tiempo entre una novela y otra, tengo que aprender a usarlas cada vez, y me mancho mucho. En estos días tengo una distintiva mancha de tinta en los dedos anular y pulgar de mi mano derecha. Y, a veces, los accidentes ocurren.

Paso 5: Prepara tu hilo musical.

La música es importante. Ayuda a imprimir de ritmo la escritura y, en mi caso, me ayuda mucho a encontrar el tono que busco. Cuando escribo, suelo escuchar una y otra vez las mismas canciones, que generalmente no tienen nada que ver de una novela o cuento al siguiente. Por ejemplo, por razones que no vienen al caso pero que las pocas personas que la han leído entenderán perfectamente, durante la escritura de mi anterior novela escuchaba una y otra vez la banda sonora de Los Tudor. No, no está ambientada en el periodo isabelino. Ahora, voy alternando entre la banda sonora de Cloud Atlas, algunas canciones de la primera película de Los juegos del hambre (escuchad la letra antes de juzgarme) y, sobre todo, la banda sonora de Cómo entrenar a tu dragón.

Paso 6: Olvídate de todo esto y siéntate a escribir.

Ya sabíais que iba a llegar hasta aquí. No, en serio. Es muy tentador perder tiempo con estas cosas cuando uno emprende un proyecto creativo y deja atrás ese primer periodo en el que todo es muy divertido, la inspiración fluye por sí sola, el verdadero trabajo ni se intuye, y de repente se encuentra en ese momento en el que, bueno, sentarse a escribir consiste, básicamente, en pasarse muchas horas sentado. Escribiendo. Cuando hay tantas y tantas cosas interesantes por hacer. En esos momentos, igual que cuando preparábamos los exámenes finales de la carrera, todo parece más interesante que lo que estás haciendo, y perder el tiempo en “investigar” detalles insustanciales que de repente, oh sí, parecen TAN imprescindibles en el desarrollo de tu novela, es una gran tentación.

Me reitero en lo que decía anteriormente. Esto de escribir tiene su pequeño ritual, al menos para mí, y hay cosas que me resultan imprescindibles. Necesito tener algo de beber cerca. Necesito tener mi ordenador, la lámpara de la que me enamoré hace años en una feria de artesanía y que tengo gracias a la perseverancia de mi madre, que no paró hasta conseguirme una. Y sí es cierto que, para cada novela o proyecto nuevo, escojo un cuaderno, uno que va a estar conmigo durante todo el proceso y en el que vuelco todas esas ideas que luego probablemente no vuelva a leer jamás, pero que necesito descargar poco a poco a medida que escribo. O justo antes de escribir. Es curioso. Mi primera novela, tan gótica, tan intrincada, necesitaba de un cuaderno hecho a mano, bastante extravagante, muy especial. Todo lo que sé sobre Boatswain está escrito en un sencillo cuaderno negro con hojas de cuadros. Así es como funciona mi cabeza.

Y luego, está el espacio, la mesa de trabajo. En eso soy muy afortunada. Desde mi mesa controlo la puerta de la casa, pero también la cama (mi despacho está en mi dormitorio) en la que, el noventa por ciento de las veces, Gato dormita ruidosamente o me vigila para que no me levante demasiado a menudo. A estas alturas me resulta difícil escribir sin él. A mi espalda hay dos enormes ventanales que dan a los jardines de la urbanización. Si hay luz, la disfruto. Si llueve y está nublado, aún mejor, lo aprovecho.

Pero, a la postre, lo que importa es dejarse de tonterías y sentarse a escribir.

Precisamente, Gato acaba de trepar de un saltito a la cama y se ha hecho un ovillo con el hocico apuntando hacia mí. Respira hondo, cierra los ojos. Parece cómodo. Es la señal, me toca ponerme a trabajar. Perdonadme, tengo que dejaros.

Gracias por leerme,

-Ana.

Sobre resúmenes, capítulos, bloqueos y clics

Dice mi perfil de Nanowrimo, atento como siempre, que, a estas alturas, transcurrido ya medio mes desde que empezara el reto, debería llevar escritas… 30.000 palabras. Eso significa que, para alcanzar el objetivo de 50.000 palabras, debería escribir una media de 3.000 diarias de aquí hasta el 30 de noviembre. De hecho, me dice mi página de estadísticas, en un tono amable pero con el ceño fruncido, si continúo a mi ritmo actual no acabaré hasta el 27 de febrero, lo que resulta inaceptable desde todos los puntos de vista posibles. Porque, además, noviembre es un mes de 30 días, lo que supone 24 preciosas horas menos para escribir, y esto, como sabe cualquiera que esté preparando un examen final, o la entrega de una tesis o el trabajo de fin de máster, es una pérdida irreparable.

Todo esto viene porque, según mi página de estadísticas, sólo llevo escritas unas 7.000 palabras de esta nueva novela, y eso significa que sólo me quedan 43.000 por escribir. ¡Bravo! Los detractores de Nanowrimo suelen argumentar que esa escritura frenética sin espacio para las revisiones no tiene sentido, que es imposible producir algo con un mínimo de calidad cuando el objetivo es, esencialmente, numérico. Sin embargo, Nano cuenta con un par de ventajas competitivas enormes. Una de ellas es el empujón que supone para sentarse a escribir, el componente de motivación que conlleva plantearse un reto. La otra son los complementos, los elementos que te proporciona para ayudarte a sobrellevar el camino, como las peep talks de escritores de mayor o menor relevancia que van llegando periódicamente al correo electrónico. Autores como Nick Hornby, Neil Gaiman, Lemony Snickett y Sue Grafton, entre los de mayor renombre, han participado en años anteriores en el envío de cartas a los participantes con sus particulares consejos y visiones sobre el proceso creativo de la escritura de novelas. Otra ventaja, finalmente, es la sensación de comunidad que proporciona en un oficio o afición como la escritura que es, eminentemente, solitario, y en el que la comunicación con tu lector, si se produce, es a través de la distancia y el tiempo. Muy rara vez estás delante para observar su reacción cuando te leen, y si eso ocurre no suele ser bonito. Ni cómodo.

En fin, lo más probable es que el año que viene vuelva a apuntarme a Nanowrimo sin haberlo conseguido este año, pero con un proyecto nuevo, distinto de Boatswain, porque Boatswain va a estar acabada, al menos en su primera versión, a finales de enero. De eso estoy segura. Porque el hecho de que no esté tecleando furiosamente y subiendo párrafos y más párrafos a mi contador de Nanowrimo no significa que no esté trabajando intensamente en mi novela.

Para explicarme necesito hablaros de mi proceso creativo.

Veréis, habitualmente mis amigos escritores y yo hablamos de mapas y de brújulas. No tengo ni idea de a quién se le ocurrió primero esta metáfora. Debe ser un tópico escrituril que ha viajado de padres a hijos y de madres a hijas desde el principio de los tiempos, pero funciona para ilustrar la cuestión, que no es otra que el enfoque que un escritor da a su proceso creativo. Yo soy, siempre he sido y, creo, siempre seré una escritora de mapa. Eso significa que soy, la mayor parte de las veces, incapaz de sentarme delante del ordenador o de mi cuaderno y escribir sin más. Puedo sentarme y anotar ideas, frases, escenas, apuntes para personajes, citas que me interesan, títulos que se me ocurren, ideas para cuentos… Pero muy rara vez creo algo, directamente, de la nada. Para mí es imposible: soy esclava de la planificación y la documentación. Eso no significa, por supuesto, que no me permita libertades en el proceso creativo. Pero estas libertades están casi siempre sujetas a un esquema. Así pues, ¿cómo funciona mi proceso creativo?

Fase 1: Idea.

Ah, qué maravilla, esa sensación tan poco frecuente que experimentas cuando se te ocurre una idea (de cualquier manera: paseando, por algo que ves o escuchas, un retazo de conversación que captas de forma inadvertida en el metro, los últimos rescoldos de un sueño del que te acabas de despertar, un comentario al azar, algo que lees…) y, sin motivo alguno, parece que puede ser buena. Una buena idea. Es estupendo. Y decides centrarte en ella y explorarla a ver dónde puede llevarte y entonces empiezan las dificultades, porque dar con una idea es bastante más fácil que desarrollarla y transformarla en un todo coherente, con principio, nudo y desenlace, aunque no necesariamente por ese orden. Mis cuadernos están llenos de buenos comienzos y buenos finales que no soy capaz de enlazar.

Fase 2: Planificación y documentación.

De acuerdo, tengo una idea y me parece lo suficientemente sólida como para centrarme en ella e intentar llevarla a término. Ahora, inevitablemente, planifico. Planifico mucho. Investigo el espacio y el tiempo en el que voy a desarrollarla. Leo sobre ellos, si son reales, o los reconstruyo con el máximo nivel de detalle que me es posible, si no lo son. Me empapo sobre el trasfondo mitológico de los personajes o del argumento, detalles que, probablemente, no sean evidentes en el resultado final más que para unos pocos, pero que para mí son imprescindibles y dan sentido a los personajes y a sus acciones. Y, a partir de ahí, construyo el argumento general, decido cómo voy a contar la historia y desde el punto de vista de quién. Detalles, detalles que me sirven de soporte y que, en definitiva, me hacen sentirme cómoda en la escritura.

Para mí es un proceso natural y fascinante. Tanto, que si no me ando con ojo puedo perderme en él, alargándolo ad infinitum.

Fase 3: Escritura de resúmenes y clic.

Esta es una fase muy importante de mi trabajo. Aquí es donde el argumento toma forma de verdad. Después habrá cosas que cambien, argumentos que se desvíen ligeramente de lo planificado, los personajes se desarrollan directamente sobre la historia y no sobre unas directrices previas… Pero contar con un resumen, una línea argumental a la que agarrarme, me permite sentarme a escribir con una cierta seguridad de que la cosa puede funcionar. De esta manera, sé que escenas son fundamentales, cuáles son el vehículo hacia esos momentos importantes, qué puedo recortar y qué no… Contar con este resumen me permite experimentar.

Y, además, es en esta fase en la que el argumento cobra vida y, de forma casi mágica, hace clic.

clic

Fase 4: Escritura de capítulos. 

La hora de la verdad. Aquí es donde comienza el trabajo verdaderamente duro. Todas las fases anteriores están teñidas de una especie de magia gracias a la que la escritura parece fácil y rápida. Ya está todo decidido y sólo hay que plasmarlo pero es que escribir… es muy difícil. Es realmente duro, porque ese ente difuso que algunos llaman inspiración sólo está presente en ocasiones muy contadas y, la mayor parte del tiempo, sólo estamos mi ordenador y yo, él agotado y yo desesperada, confiando en poder arreglar ese desastre en una fase de corrección posterior…

Y luego está la cuestión del tiempo, tan difícil de encontrar. Lo ideal sería escribir ocho horas diarias, algo que, actualmente, es imposible si pretendo que mi trabajo remunerado continúe siéndolo. Así que dispongo de dos a tres horas para sacar adelante algo de trabajo. Más es imposible, pero menos es improductivo.

Fase 5: Bloqueo, depresión nerviosa y autocompasión.

Esto no sirve para nada. Quién va a querer leerme a mí. Nada de esto tiene sentido. No encuentro mi voz. No tengo nada interesante que decir. Además, todos mis personajes suenan exactamente igual…

Supongo que le ocurre a todo el mundo. Nada entorpece más mi proceso de escritura que yo misma. Mi limitada experiencia me indica que es genial contar con alguien que, en momentos como éste, que son muy frecuentes pero hacen especial daño allá por la mitad del argumento, te anime y te obligue más o menos suavemente a dejarte de tonterías y seguir escribiendo. El apoyo externo es importante.

Fase 6: Cierre y corrección.

La novela está acabada, o eso parece, y ahora hay que coger el bolígrafo rojo y las tijeras de podar y tratar de dar algo más de sentido a ese amasijo de palabras. Personalmente, me cuesta muchísimo recortar y suprimir escenas. Conozco a escritores a los que no les supone ningún trauma, pero a mí me duele. Aunque cuando hay que hacerlo, hay que hacerlo.

También es cierto que, si hay suerte, el resultado es mejor de lo esperado.

Fase 7: Negación.

¿Mejor de lo esperado? En absoluto. Esto no tiene ningún sentido. En serio, todos los personajes suenan igual. ¡Tanto esfuerzo para nada! ¿A quién le va a interesar leer esto?

Fase 8: Corrección final.

A veces pasan meses hasta que reúno las fuerzas para sentarme a releer de nuevo aquella obra “acabada”… Y es entonces cuando la mayoría de las erratas y las torpezas gramaticales, las frases repetidas y las expresiones salen a la luz, y entonces, pasada la fiebre, duele un poco menos suprimirlas. Y a veces sucede eso tan estupendo, cuando consigo leer algo escrito por mí como si no fuera mío. A veces me reconozco y me resulta incómodo, pero cuando consigo leer algo escrito por mí como si fuera ajeno, y me gusta, y parece natural y no acabo de recordar de dónde surgió esa idea en particular pero de verdad funciona… es una de las mejores sensaciones del mundo.

Así que, diga lo que diga Nanowrimo, y aunque no llegue a tiempo al reto de las 50.000 palabras a finales de noviembre, estoy contenta, porque sé que estoy trabajando. La fase 1 y la fase 2 han quedado atrás y ahora estoy inmersa en la escritura de capítulos. Ya sé, por ejemplo, que Boatswain va a tener siete capítulos, de los cuales dos ya están más o menos delineados. Y el argumento hizo clic hace sólo un par de días. La cosa marcha. Así que os dejo.

Gracias por leerme,

-Ana.  @ana_de_haro

Por lo que más quieras, deja al perro en paz

Hablábamos de un perro… ¿Por qué un perro? Habrá a quien le parezca cursi, tópico o excesivamente simple. No es un tema nuevo. Hay muchos libros sobre perros, y muchos perros literarios famosos, ya hablaremos de ellos en un post no muy lejano. Así pues, ¿por qué mi segunda novela va a tener como protagonista a un perro?

Bueno, los perros son muy importantes en mi vida. Soy, lo que se dice habitualmente, una persona de perros, aunque hace algo más de un año Gato ha irrumpido en mi vida y me ha trastocado un poco el orden de las cosas (para bien: ahora soy una persona de perros y gatos).

Tengo una pequeña manía de la que mis amigos tienden a burlarse. ¿Sabéis ese recurso típico del cine, estadounidense sobre todo, en el que si el malo de turno quiere hacer sufrir al protagonista, hace daño a su perro? Lo hemos visto muchas veces, en ocasiones en grandes películas. Ocurre en El cabo del miedo, por ejemplo. O en Ventana secreta, basada en una novela corta de Stephen King. A veces no es el malo, a veces se trata simplemente un recurso narrativo expresamente diseñado para retorcer las entrañas del espectador, arrancarle el corazón y dejarlo ahí, palpitando en el pasillo del cine, entre palomitas y envoltorios de caramelos. Un ejemplo de esto, absolutamente insoportable para mí, es la versión más reciente de Soy leyenda. En la literatura hay muchos ejemplos. Ahí está De ratones y de hombres. En cualquier caso, el vínculo emocional con el perro es un recurso explotado a todos los niveles, incluso en productos audiovisuales infantiles. ¿Alguien ha visto alguna vez  Snoopy vuelve a casa? ¿No?

O el aclamado capítulo de Futurama, Ladrido jurásico, probablemente de lo mejorcito que se ha visto en televisión en, no sé, las últimas dos décadas. Es uno de los grandes capítulos de la serie.

Pues no lo soporto. No lo aguanto.

En ficción, mata a todos los humanos que quieras, no me importa. ¿Secuestras a la hija del prota? Bueno. ¿Destrozas su casa? Ok, ningún problema. ¿Hay un Apocalipsis zombie o una invasión alienígena y la humanidad está siendo cruelmente diezmada? Qué se le va a hacer. Pero, por lo que más quieras, DEJA AL PERRO EN PAZ.

No puedo con eso.

En este caso, no tengo ni idea de qué vino antes, si mi amor por los perros o mi intolerancia al maltrato, incluso simulado. Supongo que van de la mano. Pero Boatswain tiene algo que ver con todo eso.

Así que sí, Boatswain trata sobre un perro. Un perro que es todos los perros que conozco y he conocido, un perro en el que quiero volcar lo que sé de ellos, lo que he aprendido, lo que me han enseñado.

Ése es mi primer argumento para justificar la escritura, muy necesaria para mí, de Boatswain. Pero hay más.

Tuve un profesor de escritura narrativa que solía repetir que todo escritor que se precie debe escribir sobre la condición humana, observada desde un prisma u otro; que no había otro tema posible. Y que, además, era necesario, antes incluso de escribir, escoger un Tema (así, con mayúsculas), un gran Tema sobre el que trataría la obra, que la recorrería de principio a fin, de forma más o menos evidente, que le daría sentido. No sé si estoy del todo de acuerdo con esto (soy una defensora a ultranza de la capacidad de la literatura para divertir y entretener, y valoro estas cualidades en una obra tanto como su profundidad; creo, de hecho, que el entretenimiento es uno de los grandes vehículos narrativos para Contar Grandes Cosas), pero no se me ocurre un instrumento mejor para hablar sobre la condición humana (o sobre la parte de ella que yo conozco y he experimentado) que a través de los ojos de un perro.  Ahí está mi segundo argumento.

Tengo perros, por supuesto. En mi vida ha habido muchos perros importantes. Algunos míos. Otros, de personas muy cercanas y muy queridas. De, digamos, cinco perros muy importantes, cuatro han sido recogidos de la calle. Hoy por hoy, todos están gorditos, felices y a salvo. Cada uno de ellos ha pasado por circunstancias que varían en su grado de dureza, desde un encontronazo en la calle con un cachorro que no manifiesta signo alguno de maltrato, hasta el animal que aparece demacrado, deshidratado, reducido a un amasijo de huesos con piel cubierta de escaras y ojos enormes. Son historias, todas ellas, con finales o continuaciones felices. Pero son muy pocas, muy poco representativas de lo que sucede hoy en la calle. Hay mucho que decir al respecto.

Ése es mi argumento número tres. Este tema me toca muy personalmente.

Sucede otra cosa: vivo en Sevilla, en Andalucía. La problemática de los galgos es una realidad aquí, que se ve y tiene consecuencias muy reales todos los días, para aquél que sepa dónde mirar. Robados, utilizados para caza y abandonados, se los ve continuamente deambulando en cunetas y carreteras. Además, el año pasado tuve la oportunidad de colaborar muy brevemente como voluntaria en un refugio. Le dediqué menos tiempo del que me hubiera gustado, y menos del que se merecía, pero a causa de circunstancias familiares concretas sigo muy en contacto con la realidad que se respira allí. Unos pocos meses acudiendo semanalmente me pusieron en contacto con un puñado de historias que merece la pena contar, que es necesario contar.

Ése es mi argumento número cuatro.

Hay muchos más. Hoy en día están pasando cosas en nuestras calles, todos los días. Esas llamas aún no se han extinguido del todo, el humo aún se adivina de vez en cuando asomando de las papeleras. Es una realidad. ¿Qué mejor manera de observar lo que está ocurriendo que desde los ojos de alguien que vive en la calle?

Una realidad social muy concreta, una problemática que, desgraciadamente, no está en la agenda social ni preocupa en general a la población, experiencias personales vividas gracias a los animales que me han acompañado y que hoy continúan haciendo mi vida y la de todos los que les rodean mucho, mucho más agradable… todo eso, mezclado y pasado por el tamiz de la ficción y de una estructura narrativa lógica y coherente, es lo que se cuece detrás de Boatswain.

Gracias por leerme,

-Ana.

La culpa es de Dostoievski

A veces escribo por encargo. Suele suceder de la siguiente manera: mi habitación está a oscuras, suena el teléfono rojo con el marcador de ruedecilla que tengo en la mesita de noche, descuelgo el auricular a tientas y escucho como una voz viril y distorsionada me pide una crítica de tal libro, una entrevista a nosequién, un trabajo con extensión mínima de 10.000 caracteres sobre cualquier pedantería literaria… Pero tengo la sana costumbre de reservar parte de mi tiempo a escribir lo que me sale de las narices.

La novela que me he propuesto terminar antes del 31 de enero es una cuestión de apetencia e inquietud personal.

La elección del tema está hecha desde hace unos 3 años. El culpable tiene nombre y apellido: Fiódor Mijailovich Dostoievski. Leí Crimen y castigo y a partir de ahí comencé a interesarme por expresiones literarias de la culpabilidad, la redención y el olvido. Por motivos personales me apetecía sumergirme en la relación entre esos tres elementos. Las preguntas que me formulé entonces son las que impulsaron lo que estoy escribiendo a día de hoy: ¿es posible redimirnos de nuestros pecados?, ¿tras la afrenta o el crimen hay alguna posibilidad que no sea el olvido?, ¿acaso no convierte el olvido a la armonía en una cosa extremadamente frágil, expuesta a un simple segundo de recuerdo? Y, en relación con todo esto, también me interrogué sobre la conveniencia de saber o de ignorar en pos de la felicidad (a propósito de este tema escribí el relato «Lo que no ha sucedido y sucedió», incluido en Inercia gris y que podéis leer gratuitamente en el portal SomAtents).

Dejé la cuestión más o menos aparcada aunque ha sido una constante preocupación literaria de quien les escribe. Ahí está también «Tú mataste a Frank Fischer». Pero una vez entregué para su publicación los relatos que había estado escribiendo entre 2011 y 2013 en Inercia gris y tuve que decidir mi próximo proyecto, rescaté los tres o cuatro folios con anotaciones, citas y palabras sueltas que guardaba desde la lectura de Crimen y castigo y me entregué por completo al tema. Eso fue el pasado mes de abril.

Desde entonces y hasta el momento me dediqué a aclarar mis ideas respecto a la tríada pecado-redención-olvido y ver qué historia podía contar a su alrededor que expresase mis inquietudes –no respuestas, diría que no las tengo y que, aunque las tuviese, no es la tarea del escritor ofrecer certezas al lector sino tenderle interrogantes que pueda resolver él mismo–. En el mes de junio comencé a hablar con mi pareja de «mi novela islandesa» y, de hecho, pasé gran parte del mes de agosto escribiendo y tirando a la basura distintas propuestas de escena inicial que se me fueron ocurriendo.

Efectivamente, acabo de desvelar que la acción sucede en Islandia, aunque todavía no sé si de un modo íntegro (barajo otros escenarios posibles y posiblemente os pida ayuda para decidirme). Islandia porque hay un personaje que huye y que huiría hasta el fin del mundo y los paisajes volcánicos y helados de ese país me ofrecían un entorno apropiado para las cavilaciones del protagonista. Islandia también porque me estoy especializando en literatura islandesa contemporánea y es un entorno que tengo muy presente en este momento.

Y podría seguir. Explicaros también que el protagonista va a convertirse en determinados pasajes en un trasunto de Odín, el padre de todos los nórdicos, que se acerca al pozo del conocimiento y sacrifica uno de sus ojos con tal de saber. El protagonista sabe, el conocimiento lo hace transgredir con la moral colectiva que era también la suya antes de conocer y…

También he metido en la coctelera unos fantasmas, una islandesa un poco hippy, un viejo que cree que fue compañero de armas de Erik el Rojo, una esposa abandonada, un niño muerto y auroras boreales.

¿Qué tal os huele el asunto?

Minientrada

Muy brevemente, aquí os dejo, para seguir desgranando detalles sobre mi novela, la traducción del epitafio que Lord Byron dedicó a su perro, un Terranova llamado Boatswain:

“Cerca de este lugar reposan

los restos de quien poseyó

belleza sin vanidad,

fuerza sin insolencia,

valentía sin ferocidad,

y todas las virtudes del hombre sin sus vicios.

Este elogio, que sería un halago sin sentido

si fuera grabado sobre cenizas humanas,

es un justo tributo a la memoria de Boatswain, un perro,

que nació en Newfoundland en mayo de 1803

y murió el 18 de noviembre de 1808 en Newstead”.

Boatswainmonument

 

El primer post de un blog siempre es un coñazo (y éste no es una excepción)

Cuando tenía cinco o seis años, durante las sobremesas de las comidas familiares, me gustaba jugar a lo que mi madre llamaba «hacer mejunjes». Consistía en mezclar los restos de cerveza, vino y refresco que quedaban en los vasos de mis padres y abuelos con pedacitos de servilletas de papel, corcho de algún tapón de cava, un par de cucharadas de azúcar… Después de haberme pasado un rato añadiendo sustancia al asunto y removiéndolo con una cucharilla de café, ofrecía un trago a quien lo quisiese (por lo general mi abuelo fingía bebérselo y tal, pero esa es una parte de la historia que no viene muy a cuento). A mi modo de verlo, A tres tintas es algo parecido cambiando el líquido por palabras, la niñez por mis veinticuatro años y a mi amoroso abuelo por tipos con la capacidad crítica de ustedes (la que tengan, cada uno la suya).

Como confesamos en la descripción del proyecto, Ana, José y yo hemos montado este tinglado para obligarnos a escribir. Ya no estamos en edad de parvulario. En mi caso trabajo ocho horas al día en una oficina, colaboro con varios medios de comunicación, estoy cursando un máster … Sí, qué guapo soy y qué tipo tengo. Pero a lo que iba, la rutina diaria te susurra al oído «vete a dormir/duerme cinco minutos más, ya escribirás mañana». Y así llevo un par de años dedicándome casi en exclusiva al relato breve, dejando aparcada una novela que me gustaría ver acabada. A tres tintas es la excusa para escribirla cada día durante tres meses o quedar como un vago irredento ante ustedes.

Luego vendrán otros muchos meses de corrección y reescritura, pero tendré al menos una versión beta sobre la que trabajar.

Me parece interesante, además, compartir con quien quiera leernos la trastienda del proceso de escritura. Trataré de intercambiar con ustedes desde aspectos anecdóticos que tal vez despierten su curiosidad hasta algunos debates más complejos que se me planteen a partir del acto narrativo. E, incluso, si lo tienen a bien, es posible que en ciertos momentos reclame su ayuda. Primero trataré de ganármelos con algo tan facilón como dejarles escoger el nombre de algún personaje secundario y luego ya los atracaré con alguna cosa más jodida.

Por último, sería estúpido ocultar que otro de los objetivos del proyecto es ganar visibilidad. El escritor que niegue tener al menos una pizca de vanidad flotando en su sangre en alegre danza con los glóbulos rojos y las plaquetas miente. A los que nos dedicamos a esto y publicamos, nos gusta tener cuantos más lectores mejor porque, aunque podamos andar equivocados, pensamos que tenemos algo que contar que merece ser leído. ¿Si no, por qué ese empeño en editar? Además, me parece útil y necesario saber qué piensan de lo que escribo las (pocas) personas que me leen y, en este sentido, espero que A tres tintas me permita ampliar el radio de ese diálogo.

Acabo.

Por si no se lo están preguntando todavía, ya lo escribo yo: ¿Y sobre qué va a tratar tu novela, querido? Se lo contaré en el próximo post. Permanezcan atentos a sus pantallas.

La Biblia la escribió una tía

La Biblia la escribió una tía. No lo digo yo, lo dice Harold Bloom, que algo sabrá del tema, en El Libro de J. Luego, en La diosa blanca, Los mitos hebreos y Rey, Jesús, Robert Graves, que iba a clase con Tolkien y CS Lewis -él era el que ligaba, como os podéis imaginar-, da la matraca con que los primeros monoteismos eran matriarcales, alrededor de una Diosa Madre, y luego vino la civilización falócrata y lo jodió todo.

Lo que yo quiero escribir es la historia de Tamar, una bisnieta ficticia del rey David, escribiendo el génesis al dictado de la centenaria bisabuela Betsabé mientras ambas son rehenes en la corte del faraón Sheshonq I, que saqueó el reino de Judá en el quinto año del reinado de Roboam, uno de los herederos de Salomón tras su muerte y la división del reino. Yavhé lo castigó por ir con mujeres malas, así como os lo cuento. Está todo en la Biblia, menos la bisnieta inventada. De verdad.

A todo esto. Llevo más de un año sin escribir. Presenté unos cuantos relatos a varios concursos de ciencia-ficción allá por mediados de 2012. Desde entonces, nada. Escribir ficción, me refiero. Escribo todos los días, hasta hartarme.

Ahora mismo estoy acabando Forastero en tierra extraña, de Robert A Heinlein, y he empezado Sinuhé el egipcio, de Mika Waltari. Probablemente siga comentando las cosas que leo, las series que veo –tengo pendiente el último capítulo de la primera temporada de The Americans y empezar con la quinta de The Good Wife– y, sobre todo, la música que escucho mientras escribo. No tengo ni idea de música, en cualquier caso.

Tengo mis dudas sobre por dónde me va a salir la novela. No tengo nada clara la estructura ni nada de nada, y soy un flipado de la ciencia-ficción, así que cuando salga un astronauta, pues yo que sé, os empezáis a saltar mis entradas y ya está.

Luego tengo el complejo de culpa: la literatura debería estar más cerca de la realidad, y no de estas polladas baratas. Pero de momento voy a hacer esto porque tengo la documentación resuelta, muchas notas, un conato de esquema y no voy a tener tiempo. O sí. O yo que sé.

Tengo una excusa para unir realidad y chorradas mística y pseudohistóricas. Y el Gran Colisionador de Hadrones, además. Pero ya os lo iré contando. O no. O yo que sé.

Jose Cano

@jose_cano85