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Tres meses después

Sí, estamos a 29 de enero. El reto llega a su fin y, por mi parte, tengo que confesar que mi novela, Boatswain, está aún lejos de estar acabada. Y, sin embargo, tengo motivos para estar muy contenta. Os lo cuento.

Os comentaba hace ya varios días que, a veces, la vida se interpone y retrasa las cosas. En otras ocasiones lo que sucede, a causa sobre todo del ritmo de trabajo fragmentario que no me queda más remedio que mantener estos días (si hay alguien en la sala dispuesto a pagarme un sueldo mensual por dedicarme a escribir mi novela, por favor, que levante la mano), no hay más remedio que volver atrás y empezar de nuevo.

Me explico.

Ya os he hablado anteriormente de mi proceso creativo. Tras pergeñar una idea que me convence y documentarla un poco, me siento a desbrozar la trama general. Es la forma de trabajar que me resulta más cómoda. Eso no significa que no me permita introducir cambios o separarme de ese hilo conductor inicial cuando me conviene. Se trata, sencillamente, de que me resulta más cómodo, divertido y gratificante proceder por este orden y saber a dónde voy en todo momento, aunque de vez en cuando me pierda por el camino. Dicho esto, os confieso que durante estos pasados dos meses el tema de los resúmenes se me ha atragantado.

Decidí hace mucho tiempo que la estructura de Boatswain iba a organizarse en siete bloques principales, siete capítulos que me permitieran tratar, cada uno de ellos, uno de los temas que me interesaban relacionados con el asunto principal de la novela. Hasta ahí bien. Me senté a trabajar y el hilo argumental del primer capítulo, uno de los más autobiográficos, salió prácticamente solo. El segundo me obligó a volver a documentarme más en profundidad. El tercero, a esforzarme por ir más allá de lo convencional. El cuarto me forzó a pararme y mirar a mi alrededor, me dio muchos problemas. El séptimo lo tengo claro, sé perfectamente hacia dónde quiero ir. Y en el quinto y sexto, he tenido que frenar en seco. El problema se ha hecho evidente.

Ya os contaba que uno de las principales dificultades de Boatswain está en la voz de los personajes, una dificultad que voy resolviendo poco a poco y que no se solucionará del todo hasta que avance un poco más. Confío en que, una vez resuelto, se convierta en una de las virtudes principales de la novela. Es, por tanto, una dificultad más o menos controlada. Sin embargo, en el proceso de estructurar los capítulos cinco y seis me he visto obligada a frenar y volver atrás, porque me he dado cuenta de que he cometido un error de base. Un error de principiante, de hecho, que ahora tengo que enmendar.

Helo aquí: me he centrado tanto en el argumento, que me he olvidado de mi protagonista.

Grave, grave error.

Soy dada a las fichas de personaje. Es verdad que muchas veces los personajes se crean sobre el papel, pero es muy útil sentarse y dedicarle tiempo a configurarlos, a conocer su historia, a saber lo suficiente de ellos como para conseguir que actúen de forma coherente (os habréis dado cuenta ya de que soy bastante reacia a usar expresiones como esa tan habitual de que “los personajes actúan por su cuenta, se me escapan, hacen lo que ellos quieren”. A los míos no les pasa. Hacen exactamente lo que yo les digo que hagan. Ya me gustaría a mí que me ahorraran trabajo, pero no, eso sólo les ocurre a otros escritores. Yo consigo que actúen sólo a base de darme cabezazos contra el papel. Nunca “actúan por su cuenta”. Los canallas). En este caso, decidí que iba a contar mi historia desde los ojos de un protagonista que ve la vida a ras de suelo, que su viaje me iba a servir para hablar sobre una problemática actual que me preocupa mucho y que iba a utilizarle como espejo para reflejar a las personas con las que se cruza.

Sin embargo, me he centrado tanto en las situaciones y las peripecias que me he olvidado de él, pobre. Ya en el capítulo cinco me he dado cuenta de que es una tabla rasa. Una hoja en blanco. Y eso no puede ser.

Insisto, error de principiante.

Todo personaje tiene que tener un viaje emocional. Tiene que vivir experiencias, por supuesto, experiencias que le marquen y que determinen, en cierta medida, las siguientes experiencias que vivirá, las decisiones que tomará.

Tiene que tener un propósito. Tiene que ir hacia algún sitio. Un espejo no es suficiente para sostener una historia.

Andrew Stanton (uno de los genios de Pixar y la mente pensante detrás de maravillas como  Wall-e o Buscando a Nemo) lo explica de maravilla en la siguiente charla. Dura veinte minutos, pero os aconsejo que se los dediquéis. Si lo necesitáis, activad los subtítulos en español y disfrutar. Lo deja clarísimo. Está disponible aquí.

En esta estupenda disertación sobre en qué consiste el proceso creativo, Stanton resume en unos pocos pasos aparentemente sencillos los elementos más importantes en la construcción de la historia: haz que me importe, escribe sobre lo que conoces, dirige tu historia hacia un objetivo, narra de manera inteligente, confía en la capacidad de relacionar información de tus lectores (no les des cuatro, dales dos mas dos), y, sobre todo, allá por el minuto ocho, lo más importante: el personaje principal tiene que tener un eje, una espina dorsal. Un motivo, tal vez inconsciente, que le hace actuar, un objetivo. Éste marca todas sus decisiones, que no tienen por qué ser buenas, pero sí consecuentes.

Así que no me ha quedado más remedio que pararme en seco y reflexionar. De vuelta al capítulo uno. ¿Quién es mi personaje? ¿Qué quiere, por básico que sea? ¿Hasta qué punto voy a ser realista en eso? Sucede eso, sí, y lo otro, y después aquello otro, pero ¿qué efecto tiene eso en él? ¿Esos efectos son consecuentes con las acciones que he diseñado para él en el capítulo siguiente? Tengo que estudiar a mi personaje como si fuera humano, aunque no lo sea, y luego aplicar sus emociones a su comportamiento físico.

Todo esto me ha retrasado, por supuesto, pero es necesario. Y, a raíz de ello, tengo una mala noticia y dos noticias estupendas.

La mala noticia es que Boatswain no está acabada, ni mucho menos, y a 29 de enero, podemos concluir que no he sido capaz de cumplir con el reto de A tres tintas. Es una pena.

Y, sin embargo, estoy feliz. Ésa es la primera buena noticia: gracias a esa parada en seco, a esa reflexión y a esa vuelta atrás, Boatswain aparece ahora en mi mente más brillante que nunca, con más cuerpo. Más sólido. Más real. Definitivamente mejor. A día de hoy, los resúmenes de los capítulos cuatro, cinco y seis están resueltos de forma completamente satisfactoria, mucho más coherente y emocionante que antes. He revisitado los esquemas y las notas de los capítulos uno, dos y tres, y los he modificado, aportándoles el viaje emocional del personaje. Sólo falta terminar de cerrar el capítulo siete, y de entonces en adelante, emprender el verdadero trabajo, el de la escritura de esa novela que, según lo siento ahora mismo, existe ya en mi cabeza, completamente formada, como algo ajeno a mí, que ahora sólo tengo que plasmar.

La segunda buena noticia es que A tres tintas continúa. ¿Cómo abandonarlo, aunque hayan transcurrido los tres meses, cuando aún queda tanto trabajo por delante? Ése es mi próximo objetivo: abordar, de forma definitiva, el paso más intenso del proceso de escritura de la novela, sin prisa pero sin pausa, y, si me lo permitís, seguir contándolo.

Gracias por leerme,

-Ana.

 

 

Por lo que más quieras, deja al perro en paz

Hablábamos de un perro… ¿Por qué un perro? Habrá a quien le parezca cursi, tópico o excesivamente simple. No es un tema nuevo. Hay muchos libros sobre perros, y muchos perros literarios famosos, ya hablaremos de ellos en un post no muy lejano. Así pues, ¿por qué mi segunda novela va a tener como protagonista a un perro?

Bueno, los perros son muy importantes en mi vida. Soy, lo que se dice habitualmente, una persona de perros, aunque hace algo más de un año Gato ha irrumpido en mi vida y me ha trastocado un poco el orden de las cosas (para bien: ahora soy una persona de perros y gatos).

Tengo una pequeña manía de la que mis amigos tienden a burlarse. ¿Sabéis ese recurso típico del cine, estadounidense sobre todo, en el que si el malo de turno quiere hacer sufrir al protagonista, hace daño a su perro? Lo hemos visto muchas veces, en ocasiones en grandes películas. Ocurre en El cabo del miedo, por ejemplo. O en Ventana secreta, basada en una novela corta de Stephen King. A veces no es el malo, a veces se trata simplemente un recurso narrativo expresamente diseñado para retorcer las entrañas del espectador, arrancarle el corazón y dejarlo ahí, palpitando en el pasillo del cine, entre palomitas y envoltorios de caramelos. Un ejemplo de esto, absolutamente insoportable para mí, es la versión más reciente de Soy leyenda. En la literatura hay muchos ejemplos. Ahí está De ratones y de hombres. En cualquier caso, el vínculo emocional con el perro es un recurso explotado a todos los niveles, incluso en productos audiovisuales infantiles. ¿Alguien ha visto alguna vez  Snoopy vuelve a casa? ¿No?

O el aclamado capítulo de Futurama, Ladrido jurásico, probablemente de lo mejorcito que se ha visto en televisión en, no sé, las últimas dos décadas. Es uno de los grandes capítulos de la serie.

Pues no lo soporto. No lo aguanto.

En ficción, mata a todos los humanos que quieras, no me importa. ¿Secuestras a la hija del prota? Bueno. ¿Destrozas su casa? Ok, ningún problema. ¿Hay un Apocalipsis zombie o una invasión alienígena y la humanidad está siendo cruelmente diezmada? Qué se le va a hacer. Pero, por lo que más quieras, DEJA AL PERRO EN PAZ.

No puedo con eso.

En este caso, no tengo ni idea de qué vino antes, si mi amor por los perros o mi intolerancia al maltrato, incluso simulado. Supongo que van de la mano. Pero Boatswain tiene algo que ver con todo eso.

Así que sí, Boatswain trata sobre un perro. Un perro que es todos los perros que conozco y he conocido, un perro en el que quiero volcar lo que sé de ellos, lo que he aprendido, lo que me han enseñado.

Ése es mi primer argumento para justificar la escritura, muy necesaria para mí, de Boatswain. Pero hay más.

Tuve un profesor de escritura narrativa que solía repetir que todo escritor que se precie debe escribir sobre la condición humana, observada desde un prisma u otro; que no había otro tema posible. Y que, además, era necesario, antes incluso de escribir, escoger un Tema (así, con mayúsculas), un gran Tema sobre el que trataría la obra, que la recorrería de principio a fin, de forma más o menos evidente, que le daría sentido. No sé si estoy del todo de acuerdo con esto (soy una defensora a ultranza de la capacidad de la literatura para divertir y entretener, y valoro estas cualidades en una obra tanto como su profundidad; creo, de hecho, que el entretenimiento es uno de los grandes vehículos narrativos para Contar Grandes Cosas), pero no se me ocurre un instrumento mejor para hablar sobre la condición humana (o sobre la parte de ella que yo conozco y he experimentado) que a través de los ojos de un perro.  Ahí está mi segundo argumento.

Tengo perros, por supuesto. En mi vida ha habido muchos perros importantes. Algunos míos. Otros, de personas muy cercanas y muy queridas. De, digamos, cinco perros muy importantes, cuatro han sido recogidos de la calle. Hoy por hoy, todos están gorditos, felices y a salvo. Cada uno de ellos ha pasado por circunstancias que varían en su grado de dureza, desde un encontronazo en la calle con un cachorro que no manifiesta signo alguno de maltrato, hasta el animal que aparece demacrado, deshidratado, reducido a un amasijo de huesos con piel cubierta de escaras y ojos enormes. Son historias, todas ellas, con finales o continuaciones felices. Pero son muy pocas, muy poco representativas de lo que sucede hoy en la calle. Hay mucho que decir al respecto.

Ése es mi argumento número tres. Este tema me toca muy personalmente.

Sucede otra cosa: vivo en Sevilla, en Andalucía. La problemática de los galgos es una realidad aquí, que se ve y tiene consecuencias muy reales todos los días, para aquél que sepa dónde mirar. Robados, utilizados para caza y abandonados, se los ve continuamente deambulando en cunetas y carreteras. Además, el año pasado tuve la oportunidad de colaborar muy brevemente como voluntaria en un refugio. Le dediqué menos tiempo del que me hubiera gustado, y menos del que se merecía, pero a causa de circunstancias familiares concretas sigo muy en contacto con la realidad que se respira allí. Unos pocos meses acudiendo semanalmente me pusieron en contacto con un puñado de historias que merece la pena contar, que es necesario contar.

Ése es mi argumento número cuatro.

Hay muchos más. Hoy en día están pasando cosas en nuestras calles, todos los días. Esas llamas aún no se han extinguido del todo, el humo aún se adivina de vez en cuando asomando de las papeleras. Es una realidad. ¿Qué mejor manera de observar lo que está ocurriendo que desde los ojos de alguien que vive en la calle?

Una realidad social muy concreta, una problemática que, desgraciadamente, no está en la agenda social ni preocupa en general a la población, experiencias personales vividas gracias a los animales que me han acompañado y que hoy continúan haciendo mi vida y la de todos los que les rodean mucho, mucho más agradable… todo eso, mezclado y pasado por el tamiz de la ficción y de una estructura narrativa lógica y coherente, es lo que se cuece detrás de Boatswain.

Gracias por leerme,

-Ana.