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Tres meses después

Sí, estamos a 29 de enero. El reto llega a su fin y, por mi parte, tengo que confesar que mi novela, Boatswain, está aún lejos de estar acabada. Y, sin embargo, tengo motivos para estar muy contenta. Os lo cuento.

Os comentaba hace ya varios días que, a veces, la vida se interpone y retrasa las cosas. En otras ocasiones lo que sucede, a causa sobre todo del ritmo de trabajo fragmentario que no me queda más remedio que mantener estos días (si hay alguien en la sala dispuesto a pagarme un sueldo mensual por dedicarme a escribir mi novela, por favor, que levante la mano), no hay más remedio que volver atrás y empezar de nuevo.

Me explico.

Ya os he hablado anteriormente de mi proceso creativo. Tras pergeñar una idea que me convence y documentarla un poco, me siento a desbrozar la trama general. Es la forma de trabajar que me resulta más cómoda. Eso no significa que no me permita introducir cambios o separarme de ese hilo conductor inicial cuando me conviene. Se trata, sencillamente, de que me resulta más cómodo, divertido y gratificante proceder por este orden y saber a dónde voy en todo momento, aunque de vez en cuando me pierda por el camino. Dicho esto, os confieso que durante estos pasados dos meses el tema de los resúmenes se me ha atragantado.

Decidí hace mucho tiempo que la estructura de Boatswain iba a organizarse en siete bloques principales, siete capítulos que me permitieran tratar, cada uno de ellos, uno de los temas que me interesaban relacionados con el asunto principal de la novela. Hasta ahí bien. Me senté a trabajar y el hilo argumental del primer capítulo, uno de los más autobiográficos, salió prácticamente solo. El segundo me obligó a volver a documentarme más en profundidad. El tercero, a esforzarme por ir más allá de lo convencional. El cuarto me forzó a pararme y mirar a mi alrededor, me dio muchos problemas. El séptimo lo tengo claro, sé perfectamente hacia dónde quiero ir. Y en el quinto y sexto, he tenido que frenar en seco. El problema se ha hecho evidente.

Ya os contaba que uno de las principales dificultades de Boatswain está en la voz de los personajes, una dificultad que voy resolviendo poco a poco y que no se solucionará del todo hasta que avance un poco más. Confío en que, una vez resuelto, se convierta en una de las virtudes principales de la novela. Es, por tanto, una dificultad más o menos controlada. Sin embargo, en el proceso de estructurar los capítulos cinco y seis me he visto obligada a frenar y volver atrás, porque me he dado cuenta de que he cometido un error de base. Un error de principiante, de hecho, que ahora tengo que enmendar.

Helo aquí: me he centrado tanto en el argumento, que me he olvidado de mi protagonista.

Grave, grave error.

Soy dada a las fichas de personaje. Es verdad que muchas veces los personajes se crean sobre el papel, pero es muy útil sentarse y dedicarle tiempo a configurarlos, a conocer su historia, a saber lo suficiente de ellos como para conseguir que actúen de forma coherente (os habréis dado cuenta ya de que soy bastante reacia a usar expresiones como esa tan habitual de que “los personajes actúan por su cuenta, se me escapan, hacen lo que ellos quieren”. A los míos no les pasa. Hacen exactamente lo que yo les digo que hagan. Ya me gustaría a mí que me ahorraran trabajo, pero no, eso sólo les ocurre a otros escritores. Yo consigo que actúen sólo a base de darme cabezazos contra el papel. Nunca “actúan por su cuenta”. Los canallas). En este caso, decidí que iba a contar mi historia desde los ojos de un protagonista que ve la vida a ras de suelo, que su viaje me iba a servir para hablar sobre una problemática actual que me preocupa mucho y que iba a utilizarle como espejo para reflejar a las personas con las que se cruza.

Sin embargo, me he centrado tanto en las situaciones y las peripecias que me he olvidado de él, pobre. Ya en el capítulo cinco me he dado cuenta de que es una tabla rasa. Una hoja en blanco. Y eso no puede ser.

Insisto, error de principiante.

Todo personaje tiene que tener un viaje emocional. Tiene que vivir experiencias, por supuesto, experiencias que le marquen y que determinen, en cierta medida, las siguientes experiencias que vivirá, las decisiones que tomará.

Tiene que tener un propósito. Tiene que ir hacia algún sitio. Un espejo no es suficiente para sostener una historia.

Andrew Stanton (uno de los genios de Pixar y la mente pensante detrás de maravillas como  Wall-e o Buscando a Nemo) lo explica de maravilla en la siguiente charla. Dura veinte minutos, pero os aconsejo que se los dediquéis. Si lo necesitáis, activad los subtítulos en español y disfrutar. Lo deja clarísimo. Está disponible aquí.

En esta estupenda disertación sobre en qué consiste el proceso creativo, Stanton resume en unos pocos pasos aparentemente sencillos los elementos más importantes en la construcción de la historia: haz que me importe, escribe sobre lo que conoces, dirige tu historia hacia un objetivo, narra de manera inteligente, confía en la capacidad de relacionar información de tus lectores (no les des cuatro, dales dos mas dos), y, sobre todo, allá por el minuto ocho, lo más importante: el personaje principal tiene que tener un eje, una espina dorsal. Un motivo, tal vez inconsciente, que le hace actuar, un objetivo. Éste marca todas sus decisiones, que no tienen por qué ser buenas, pero sí consecuentes.

Así que no me ha quedado más remedio que pararme en seco y reflexionar. De vuelta al capítulo uno. ¿Quién es mi personaje? ¿Qué quiere, por básico que sea? ¿Hasta qué punto voy a ser realista en eso? Sucede eso, sí, y lo otro, y después aquello otro, pero ¿qué efecto tiene eso en él? ¿Esos efectos son consecuentes con las acciones que he diseñado para él en el capítulo siguiente? Tengo que estudiar a mi personaje como si fuera humano, aunque no lo sea, y luego aplicar sus emociones a su comportamiento físico.

Todo esto me ha retrasado, por supuesto, pero es necesario. Y, a raíz de ello, tengo una mala noticia y dos noticias estupendas.

La mala noticia es que Boatswain no está acabada, ni mucho menos, y a 29 de enero, podemos concluir que no he sido capaz de cumplir con el reto de A tres tintas. Es una pena.

Y, sin embargo, estoy feliz. Ésa es la primera buena noticia: gracias a esa parada en seco, a esa reflexión y a esa vuelta atrás, Boatswain aparece ahora en mi mente más brillante que nunca, con más cuerpo. Más sólido. Más real. Definitivamente mejor. A día de hoy, los resúmenes de los capítulos cuatro, cinco y seis están resueltos de forma completamente satisfactoria, mucho más coherente y emocionante que antes. He revisitado los esquemas y las notas de los capítulos uno, dos y tres, y los he modificado, aportándoles el viaje emocional del personaje. Sólo falta terminar de cerrar el capítulo siete, y de entonces en adelante, emprender el verdadero trabajo, el de la escritura de esa novela que, según lo siento ahora mismo, existe ya en mi cabeza, completamente formada, como algo ajeno a mí, que ahora sólo tengo que plasmar.

La segunda buena noticia es que A tres tintas continúa. ¿Cómo abandonarlo, aunque hayan transcurrido los tres meses, cuando aún queda tanto trabajo por delante? Ése es mi próximo objetivo: abordar, de forma definitiva, el paso más intenso del proceso de escritura de la novela, sin prisa pero sin pausa, y, si me lo permitís, seguir contándolo.

Gracias por leerme,

-Ana.

 

 

Banda sonora de una tarde de escritura

Hoy os escribo una breve nota para hablaros de dos recursos sonoros de los que me he enamorado recientemente y a los que estoy recurriendo cada tarde, a la hora de sentarme a escribir.

El primero de ellos, que me recomendó mi amiga y compañera de fatigas literarias Almudena López Molina, es noisli.com, un portal de manejo extremadamente sencillo en el que, pinchando en unos iconos muy atractivos que nos permiten regular el volumen, podemos activar los sonidos de ambiente que más nos gusten: lluvia, tormenta, hojas agitadas por el viento, el sonido del mar o el de una concurrida cafetería… En mi caso, es cierto eso de que un cierto sonido de fondo favorece la concentración (siempre que no incluya palabras. La radio, por ejemplo, me distrae). Además, los distintos recursos pueden combinarse. Os lo recomiendo.

El segundo es el canal de Youtube de Vitamin String Quartet. Para quiénes no los conozcan, se trata de versiones de clásicos del pop, rock, bandas sonoras, musicales… interpretadas por un cuarteto de cuerda (cuyos integrantes van cambiando). Versionan de todo, desde el último éxito de Lady Gaga a Bohemian Rapsody de Queen, y los resultados son fascinantes. Como muestra, un botón: aquí os dejo su versión de “The Times They Are A-Changin”. Disfrutad.

Gracias por leerme,

-Ana.

Sobre la voz

A veces la vida se interpone. Tras varios días de inactividad en el terreno de la escritura, tanto voluntaria como involuntaria (la cama se ha quedado vacía y ya no hay señal para ponerse a trabajar), retomo mi proyecto, un poco más cansada y más triste, deseando recuperar las ganas de escribir.

Hoy os quiero hablar uno de los aspectos de la escritura que encuentro más difíciles, uno de mis problemas más frecuentes frecuentes, creo, y  desde luego uno de los que más me molestan: la voz.

A lo largo de los últimos años he asistido a muchos cursos, seminarios y conferencias sobre la escritura, y con cierta frecuencia se repite eso de que cada autor tiene que “encontrar su propia voz”, o de que los propios personajes deben tener “voces propias, reconocibles”, que los distingan como tales. Estoy completamente de acuerdo en que todos los escritores que admiro tienen voces muy reconocibles. La de Neil Gaiman es irónica y de resonancias folclóricas, la de Tolkien es solemne, pausada, morosa. La de Salinger está muy próxima a la oralidad. Cosas así.

Mi problema no es sólo que no crea haber encontrado aún esa voz que me defina. Ni mucho menos, para eso me queda aún mucho que escribir. Eso lo asumo. Mi problema, mucho más acuciante, es que no creo estar consiguiendo que mis personajes tengan voces propias. Las voces de mis personajes me resultan extrañamente familiares y pesadas, demasiado obvias, demasiado evidentes, demasiado parecidas a esa otra pesada, obvia e irritante, por familiar, vocecita que suena en mi cabeza todo el tiempo, y con la que no me queda más remedio que transigir, qué le vamos a hacer.

El tema de las voces de los personajes es importante, porque lo que dicen y cómo lo dicen es una de las herramientas más útiles para mostrar cómo son (amables, simpáticos, retorcidos, petulantes…) sin tener que decirlo. Así pues, si todos suenan como yo, ¿significa eso que no consigo redondearlos y dotarlos de más entidad que la de una mera excusa para que hagan lo que quiero que hagan?

Uno de mis problemas al abordar Boatswain es, por lo tanto, la voz del protagonista. Ya os he contado que en esta novela vemos los acontecimientos a través de los ojos de un perro. Pero, para que esos acontecimientos sean tan realistas como pretendo, he optado por sacudirme de encima el problema de la voz del personaje privándole de ella. Me explico. No pretendo hacer un Firmin. ¿Habéis leído Firmin, de Sam Savage, supongo? ¿No? Pues ya tenéis deberes para estas navidades. Esta novela, la primera publicada por su autor, narra la vida de un ratoncito bibliófilo que vive la vida a través de los libros que lee. Está contado en primera persona y el protagonista tiene una gran voz, llena de matices. Es un libro estupendo.

Pero no pretendo hacer nada parecido. Tampoco Historia de un gato. Mi protagonista, al que llamaremos, de momento, el Cachorro Amarillo, no tiene esa capacidad de expresarse en primera persona, ni siquiera hacia los lectores. Quiero que sea pura emoción, puro instinto, no pretendo imbuirlo de un pensamiento racional que no me consta que tenga. En ese sentido, he optado por (atención: terminología técnica) un narrador extradiegético que, la mayor parte del tiempo, va a ser deficiente. El narrador extradiegético, como sabéis, es el que se encuentra fuera de la acción narrada (no es un personaje. No es Firmin, protagonista de su propia historia, pero tampoco es el buen doctor Watson, que nos cuenta lo que ve). Es deficiente, porque no sabe lo que piensan los personajes. Es decir, no es Dios. No lo sabe todo. Sólo puede contar lo que hacen y lo que dicen. Esta fórmula, con las concesiones justas que me permitan mostrar esa emoción, ese instinto del que os hablaba, es la que más se ajusta a lo que quiero para Boatswain. Quiero y creo ser capaz de contar lo que quiero contar desde fuera.

Así que en ello estoy, recuperando poco a poco el hilo. Espero tener por delante unas navidades fructíferas, y os las deseo a vosotros.

Gracias por leerme,

Ana

 

 

 

Los rituales importan…

… Es un hecho. Y la escritura, como todas las cosas que importan, tiene su propio ritual. Se trata, creo, de construir un ambiente que favorezca la creatividad, o que al menos haga un poco más cómodo eso de estar un mínimo de dos a cinco horas sentada, escribiendo. En mi caso, como con la planificación y la documentación, tengo que tener cuidado para no perderme en los detalles. Y si bien es cierto que la mayoría de los elementos que constituyen mi particular ritual no son fundamentales, para mí se han convertido en las muletas para esto de la escritura. Contribuyen a hacerme sentir más cómoda. Y sí, me hacen perder un poco el tiempo. Pero a la larga funcionan.

Así pues, ¿cuál es mi ritual de escritura? O, podríamos decir, ¿cómo escribir una novela, si te distraes con tanta facilidad como yo?

Paso 1: evita estímulos indeseados.

Ésta es difícil. Cuando hay que ponerse a trabajar, los estímulos externos tienden a acumularse y todos, todos, todos sin excepción parecen bastante más divertidos que el mero hecho de sentarse a escribir (que a veces es apasionante, pero admitámoslo, puede ser una pesadilla).

Estas semanas pasadas han estado llenas de acontecimientos. La publicación del último cómic de Astérix, por ejemplo. O la emisión del último capítulo de Poirot, que muchos creíamos que no llegaría jamás. O la celebración de la Feria del Libro Antiguo de Sevilla, donde siempre se puede encontrar algo interesante (este año, una edición preciosa de El jorobado, de Paul Feval, prácticamente descatalogado y muy difícil de encontrar).

Pues eso, hay que evitarlos. O dosificarlos. La disciplina es importante. Y poner la escritura por delante es necesario.

Paso 2: escoge cuidadosamente tu ambiente de trabajo.

Quizás a vosotros no os resulte tan complicado como a mí mantener una mesa limpia y ordenada (mis compañeros de trabajo y mi marido, sin ponerse de acuerdo ni hablar entre ellos, podrán confirmar esto que os digo). Pero estoy tranquila, porque recientemente se ha demostrado que el orden no es imprescindible ni necesario. Además, si lo que intentas es postergar el acto mismo de la escritura, ponerte a ordenar tu mesa es una estrategia fantástica. En serio, te la recomiendo. Y ya que estás, ordena también tu ropa, pon un par de lavadoras, cambia los muebles de sitio y limpia el frigorífico. Estas tareas nunca te van a parecer tan apetecibles como cuando tienes que ponerte a escribir. ¿Cómo vas a poder escribir tranquilamente sabiendo que la ropa se acumula, la comida se pudre, y apenas puedes deslizar el ratón por la mesa? ¿¿Cómo?? ¿¿Cómo??

Paso 3: Ya que estás, ponte tu uniforme de escribir.

Lo tienes, aunque no lo creas. Recuerda el uniforme de matar de Dexter. Puede ser tu camiseta más vieja, generalmente es tu pijama. Yo, aunque esto jamás lo verás, suelo recogerme la melena en un moño horrible. Y las gafas se me deslizan hasta la nariz. Las lentillas son para actos sociales, NO para leer, escribir o trabajar. Todo eso me lleva a hacerme un par de preguntas sobre esas fotos tan estupendas que tienen los escritores en las contraportadas de sus libros.

En serio, estas cosas son importantes.

Paso 4: Rodéate de los complementos adecuados.

A lo mejor escribes en ordenador y no necesitas nada más. O quizás escribes a mano y necesitas un tipo de bolígrafo en concreto. O tienes, como yo, un cuaderno asignado a cada novela, en el que apuntas todo lo que tenga que ver con ella y nada más. (¿Qué no tienes un cuaderno especial? ¿En serio? ¿No sabes lo que es un cuaderno especial? ¿Nunca te has sentido todo un Hemingway de la vida sólo por llevar un moleskine en el bolso? Te compadezco…).

Además, elige tu bebida caliente de acompañamiento (yo bebo té). Tal vez necesites otras cosas. Yo tengo mis imprescindibles: mi lámpara (es muy especial, otro día hablaré de ella). Mi ordenador. Mis resúmenes de capítulos. Mi gato, mi perro.

Una curiosidad sobre mis resúmenes, de los que ya os he hablado: aunque en realidad escribo a ordenador, los resúmenes y la preparaciómancha tintan de la novela me gusta hacerla a mano. Y tengo la manía particular de escribir los resúmenes de capítulos con pluma y tintero, porque me gusta la idea de tener algo en papel y porque así doy uso a mis plumas de vez en cuando. El problema es que, como trasncurre tanto tiempo entre una novela y otra, tengo que aprender a usarlas cada vez, y me mancho mucho. En estos días tengo una distintiva mancha de tinta en los dedos anular y pulgar de mi mano derecha. Y, a veces, los accidentes ocurren.

Paso 5: Prepara tu hilo musical.

La música es importante. Ayuda a imprimir de ritmo la escritura y, en mi caso, me ayuda mucho a encontrar el tono que busco. Cuando escribo, suelo escuchar una y otra vez las mismas canciones, que generalmente no tienen nada que ver de una novela o cuento al siguiente. Por ejemplo, por razones que no vienen al caso pero que las pocas personas que la han leído entenderán perfectamente, durante la escritura de mi anterior novela escuchaba una y otra vez la banda sonora de Los Tudor. No, no está ambientada en el periodo isabelino. Ahora, voy alternando entre la banda sonora de Cloud Atlas, algunas canciones de la primera película de Los juegos del hambre (escuchad la letra antes de juzgarme) y, sobre todo, la banda sonora de Cómo entrenar a tu dragón.

Paso 6: Olvídate de todo esto y siéntate a escribir.

Ya sabíais que iba a llegar hasta aquí. No, en serio. Es muy tentador perder tiempo con estas cosas cuando uno emprende un proyecto creativo y deja atrás ese primer periodo en el que todo es muy divertido, la inspiración fluye por sí sola, el verdadero trabajo ni se intuye, y de repente se encuentra en ese momento en el que, bueno, sentarse a escribir consiste, básicamente, en pasarse muchas horas sentado. Escribiendo. Cuando hay tantas y tantas cosas interesantes por hacer. En esos momentos, igual que cuando preparábamos los exámenes finales de la carrera, todo parece más interesante que lo que estás haciendo, y perder el tiempo en “investigar” detalles insustanciales que de repente, oh sí, parecen TAN imprescindibles en el desarrollo de tu novela, es una gran tentación.

Me reitero en lo que decía anteriormente. Esto de escribir tiene su pequeño ritual, al menos para mí, y hay cosas que me resultan imprescindibles. Necesito tener algo de beber cerca. Necesito tener mi ordenador, la lámpara de la que me enamoré hace años en una feria de artesanía y que tengo gracias a la perseverancia de mi madre, que no paró hasta conseguirme una. Y sí es cierto que, para cada novela o proyecto nuevo, escojo un cuaderno, uno que va a estar conmigo durante todo el proceso y en el que vuelco todas esas ideas que luego probablemente no vuelva a leer jamás, pero que necesito descargar poco a poco a medida que escribo. O justo antes de escribir. Es curioso. Mi primera novela, tan gótica, tan intrincada, necesitaba de un cuaderno hecho a mano, bastante extravagante, muy especial. Todo lo que sé sobre Boatswain está escrito en un sencillo cuaderno negro con hojas de cuadros. Así es como funciona mi cabeza.

Y luego, está el espacio, la mesa de trabajo. En eso soy muy afortunada. Desde mi mesa controlo la puerta de la casa, pero también la cama (mi despacho está en mi dormitorio) en la que, el noventa por ciento de las veces, Gato dormita ruidosamente o me vigila para que no me levante demasiado a menudo. A estas alturas me resulta difícil escribir sin él. A mi espalda hay dos enormes ventanales que dan a los jardines de la urbanización. Si hay luz, la disfruto. Si llueve y está nublado, aún mejor, lo aprovecho.

Pero, a la postre, lo que importa es dejarse de tonterías y sentarse a escribir.

Precisamente, Gato acaba de trepar de un saltito a la cama y se ha hecho un ovillo con el hocico apuntando hacia mí. Respira hondo, cierra los ojos. Parece cómodo. Es la señal, me toca ponerme a trabajar. Perdonadme, tengo que dejaros.

Gracias por leerme,

-Ana.

Sobre resúmenes, capítulos, bloqueos y clics

Dice mi perfil de Nanowrimo, atento como siempre, que, a estas alturas, transcurrido ya medio mes desde que empezara el reto, debería llevar escritas… 30.000 palabras. Eso significa que, para alcanzar el objetivo de 50.000 palabras, debería escribir una media de 3.000 diarias de aquí hasta el 30 de noviembre. De hecho, me dice mi página de estadísticas, en un tono amable pero con el ceño fruncido, si continúo a mi ritmo actual no acabaré hasta el 27 de febrero, lo que resulta inaceptable desde todos los puntos de vista posibles. Porque, además, noviembre es un mes de 30 días, lo que supone 24 preciosas horas menos para escribir, y esto, como sabe cualquiera que esté preparando un examen final, o la entrega de una tesis o el trabajo de fin de máster, es una pérdida irreparable.

Todo esto viene porque, según mi página de estadísticas, sólo llevo escritas unas 7.000 palabras de esta nueva novela, y eso significa que sólo me quedan 43.000 por escribir. ¡Bravo! Los detractores de Nanowrimo suelen argumentar que esa escritura frenética sin espacio para las revisiones no tiene sentido, que es imposible producir algo con un mínimo de calidad cuando el objetivo es, esencialmente, numérico. Sin embargo, Nano cuenta con un par de ventajas competitivas enormes. Una de ellas es el empujón que supone para sentarse a escribir, el componente de motivación que conlleva plantearse un reto. La otra son los complementos, los elementos que te proporciona para ayudarte a sobrellevar el camino, como las peep talks de escritores de mayor o menor relevancia que van llegando periódicamente al correo electrónico. Autores como Nick Hornby, Neil Gaiman, Lemony Snickett y Sue Grafton, entre los de mayor renombre, han participado en años anteriores en el envío de cartas a los participantes con sus particulares consejos y visiones sobre el proceso creativo de la escritura de novelas. Otra ventaja, finalmente, es la sensación de comunidad que proporciona en un oficio o afición como la escritura que es, eminentemente, solitario, y en el que la comunicación con tu lector, si se produce, es a través de la distancia y el tiempo. Muy rara vez estás delante para observar su reacción cuando te leen, y si eso ocurre no suele ser bonito. Ni cómodo.

En fin, lo más probable es que el año que viene vuelva a apuntarme a Nanowrimo sin haberlo conseguido este año, pero con un proyecto nuevo, distinto de Boatswain, porque Boatswain va a estar acabada, al menos en su primera versión, a finales de enero. De eso estoy segura. Porque el hecho de que no esté tecleando furiosamente y subiendo párrafos y más párrafos a mi contador de Nanowrimo no significa que no esté trabajando intensamente en mi novela.

Para explicarme necesito hablaros de mi proceso creativo.

Veréis, habitualmente mis amigos escritores y yo hablamos de mapas y de brújulas. No tengo ni idea de a quién se le ocurrió primero esta metáfora. Debe ser un tópico escrituril que ha viajado de padres a hijos y de madres a hijas desde el principio de los tiempos, pero funciona para ilustrar la cuestión, que no es otra que el enfoque que un escritor da a su proceso creativo. Yo soy, siempre he sido y, creo, siempre seré una escritora de mapa. Eso significa que soy, la mayor parte de las veces, incapaz de sentarme delante del ordenador o de mi cuaderno y escribir sin más. Puedo sentarme y anotar ideas, frases, escenas, apuntes para personajes, citas que me interesan, títulos que se me ocurren, ideas para cuentos… Pero muy rara vez creo algo, directamente, de la nada. Para mí es imposible: soy esclava de la planificación y la documentación. Eso no significa, por supuesto, que no me permita libertades en el proceso creativo. Pero estas libertades están casi siempre sujetas a un esquema. Así pues, ¿cómo funciona mi proceso creativo?

Fase 1: Idea.

Ah, qué maravilla, esa sensación tan poco frecuente que experimentas cuando se te ocurre una idea (de cualquier manera: paseando, por algo que ves o escuchas, un retazo de conversación que captas de forma inadvertida en el metro, los últimos rescoldos de un sueño del que te acabas de despertar, un comentario al azar, algo que lees…) y, sin motivo alguno, parece que puede ser buena. Una buena idea. Es estupendo. Y decides centrarte en ella y explorarla a ver dónde puede llevarte y entonces empiezan las dificultades, porque dar con una idea es bastante más fácil que desarrollarla y transformarla en un todo coherente, con principio, nudo y desenlace, aunque no necesariamente por ese orden. Mis cuadernos están llenos de buenos comienzos y buenos finales que no soy capaz de enlazar.

Fase 2: Planificación y documentación.

De acuerdo, tengo una idea y me parece lo suficientemente sólida como para centrarme en ella e intentar llevarla a término. Ahora, inevitablemente, planifico. Planifico mucho. Investigo el espacio y el tiempo en el que voy a desarrollarla. Leo sobre ellos, si son reales, o los reconstruyo con el máximo nivel de detalle que me es posible, si no lo son. Me empapo sobre el trasfondo mitológico de los personajes o del argumento, detalles que, probablemente, no sean evidentes en el resultado final más que para unos pocos, pero que para mí son imprescindibles y dan sentido a los personajes y a sus acciones. Y, a partir de ahí, construyo el argumento general, decido cómo voy a contar la historia y desde el punto de vista de quién. Detalles, detalles que me sirven de soporte y que, en definitiva, me hacen sentirme cómoda en la escritura.

Para mí es un proceso natural y fascinante. Tanto, que si no me ando con ojo puedo perderme en él, alargándolo ad infinitum.

Fase 3: Escritura de resúmenes y clic.

Esta es una fase muy importante de mi trabajo. Aquí es donde el argumento toma forma de verdad. Después habrá cosas que cambien, argumentos que se desvíen ligeramente de lo planificado, los personajes se desarrollan directamente sobre la historia y no sobre unas directrices previas… Pero contar con un resumen, una línea argumental a la que agarrarme, me permite sentarme a escribir con una cierta seguridad de que la cosa puede funcionar. De esta manera, sé que escenas son fundamentales, cuáles son el vehículo hacia esos momentos importantes, qué puedo recortar y qué no… Contar con este resumen me permite experimentar.

Y, además, es en esta fase en la que el argumento cobra vida y, de forma casi mágica, hace clic.

clic

Fase 4: Escritura de capítulos. 

La hora de la verdad. Aquí es donde comienza el trabajo verdaderamente duro. Todas las fases anteriores están teñidas de una especie de magia gracias a la que la escritura parece fácil y rápida. Ya está todo decidido y sólo hay que plasmarlo pero es que escribir… es muy difícil. Es realmente duro, porque ese ente difuso que algunos llaman inspiración sólo está presente en ocasiones muy contadas y, la mayor parte del tiempo, sólo estamos mi ordenador y yo, él agotado y yo desesperada, confiando en poder arreglar ese desastre en una fase de corrección posterior…

Y luego está la cuestión del tiempo, tan difícil de encontrar. Lo ideal sería escribir ocho horas diarias, algo que, actualmente, es imposible si pretendo que mi trabajo remunerado continúe siéndolo. Así que dispongo de dos a tres horas para sacar adelante algo de trabajo. Más es imposible, pero menos es improductivo.

Fase 5: Bloqueo, depresión nerviosa y autocompasión.

Esto no sirve para nada. Quién va a querer leerme a mí. Nada de esto tiene sentido. No encuentro mi voz. No tengo nada interesante que decir. Además, todos mis personajes suenan exactamente igual…

Supongo que le ocurre a todo el mundo. Nada entorpece más mi proceso de escritura que yo misma. Mi limitada experiencia me indica que es genial contar con alguien que, en momentos como éste, que son muy frecuentes pero hacen especial daño allá por la mitad del argumento, te anime y te obligue más o menos suavemente a dejarte de tonterías y seguir escribiendo. El apoyo externo es importante.

Fase 6: Cierre y corrección.

La novela está acabada, o eso parece, y ahora hay que coger el bolígrafo rojo y las tijeras de podar y tratar de dar algo más de sentido a ese amasijo de palabras. Personalmente, me cuesta muchísimo recortar y suprimir escenas. Conozco a escritores a los que no les supone ningún trauma, pero a mí me duele. Aunque cuando hay que hacerlo, hay que hacerlo.

También es cierto que, si hay suerte, el resultado es mejor de lo esperado.

Fase 7: Negación.

¿Mejor de lo esperado? En absoluto. Esto no tiene ningún sentido. En serio, todos los personajes suenan igual. ¡Tanto esfuerzo para nada! ¿A quién le va a interesar leer esto?

Fase 8: Corrección final.

A veces pasan meses hasta que reúno las fuerzas para sentarme a releer de nuevo aquella obra “acabada”… Y es entonces cuando la mayoría de las erratas y las torpezas gramaticales, las frases repetidas y las expresiones salen a la luz, y entonces, pasada la fiebre, duele un poco menos suprimirlas. Y a veces sucede eso tan estupendo, cuando consigo leer algo escrito por mí como si no fuera mío. A veces me reconozco y me resulta incómodo, pero cuando consigo leer algo escrito por mí como si fuera ajeno, y me gusta, y parece natural y no acabo de recordar de dónde surgió esa idea en particular pero de verdad funciona… es una de las mejores sensaciones del mundo.

Así que, diga lo que diga Nanowrimo, y aunque no llegue a tiempo al reto de las 50.000 palabras a finales de noviembre, estoy contenta, porque sé que estoy trabajando. La fase 1 y la fase 2 han quedado atrás y ahora estoy inmersa en la escritura de capítulos. Ya sé, por ejemplo, que Boatswain va a tener siete capítulos, de los cuales dos ya están más o menos delineados. Y el argumento hizo clic hace sólo un par de días. La cosa marcha. Así que os dejo.

Gracias por leerme,

-Ana.  @ana_de_haro

Por lo que más quieras, deja al perro en paz

Hablábamos de un perro… ¿Por qué un perro? Habrá a quien le parezca cursi, tópico o excesivamente simple. No es un tema nuevo. Hay muchos libros sobre perros, y muchos perros literarios famosos, ya hablaremos de ellos en un post no muy lejano. Así pues, ¿por qué mi segunda novela va a tener como protagonista a un perro?

Bueno, los perros son muy importantes en mi vida. Soy, lo que se dice habitualmente, una persona de perros, aunque hace algo más de un año Gato ha irrumpido en mi vida y me ha trastocado un poco el orden de las cosas (para bien: ahora soy una persona de perros y gatos).

Tengo una pequeña manía de la que mis amigos tienden a burlarse. ¿Sabéis ese recurso típico del cine, estadounidense sobre todo, en el que si el malo de turno quiere hacer sufrir al protagonista, hace daño a su perro? Lo hemos visto muchas veces, en ocasiones en grandes películas. Ocurre en El cabo del miedo, por ejemplo. O en Ventana secreta, basada en una novela corta de Stephen King. A veces no es el malo, a veces se trata simplemente un recurso narrativo expresamente diseñado para retorcer las entrañas del espectador, arrancarle el corazón y dejarlo ahí, palpitando en el pasillo del cine, entre palomitas y envoltorios de caramelos. Un ejemplo de esto, absolutamente insoportable para mí, es la versión más reciente de Soy leyenda. En la literatura hay muchos ejemplos. Ahí está De ratones y de hombres. En cualquier caso, el vínculo emocional con el perro es un recurso explotado a todos los niveles, incluso en productos audiovisuales infantiles. ¿Alguien ha visto alguna vez  Snoopy vuelve a casa? ¿No?

O el aclamado capítulo de Futurama, Ladrido jurásico, probablemente de lo mejorcito que se ha visto en televisión en, no sé, las últimas dos décadas. Es uno de los grandes capítulos de la serie.

Pues no lo soporto. No lo aguanto.

En ficción, mata a todos los humanos que quieras, no me importa. ¿Secuestras a la hija del prota? Bueno. ¿Destrozas su casa? Ok, ningún problema. ¿Hay un Apocalipsis zombie o una invasión alienígena y la humanidad está siendo cruelmente diezmada? Qué se le va a hacer. Pero, por lo que más quieras, DEJA AL PERRO EN PAZ.

No puedo con eso.

En este caso, no tengo ni idea de qué vino antes, si mi amor por los perros o mi intolerancia al maltrato, incluso simulado. Supongo que van de la mano. Pero Boatswain tiene algo que ver con todo eso.

Así que sí, Boatswain trata sobre un perro. Un perro que es todos los perros que conozco y he conocido, un perro en el que quiero volcar lo que sé de ellos, lo que he aprendido, lo que me han enseñado.

Ése es mi primer argumento para justificar la escritura, muy necesaria para mí, de Boatswain. Pero hay más.

Tuve un profesor de escritura narrativa que solía repetir que todo escritor que se precie debe escribir sobre la condición humana, observada desde un prisma u otro; que no había otro tema posible. Y que, además, era necesario, antes incluso de escribir, escoger un Tema (así, con mayúsculas), un gran Tema sobre el que trataría la obra, que la recorrería de principio a fin, de forma más o menos evidente, que le daría sentido. No sé si estoy del todo de acuerdo con esto (soy una defensora a ultranza de la capacidad de la literatura para divertir y entretener, y valoro estas cualidades en una obra tanto como su profundidad; creo, de hecho, que el entretenimiento es uno de los grandes vehículos narrativos para Contar Grandes Cosas), pero no se me ocurre un instrumento mejor para hablar sobre la condición humana (o sobre la parte de ella que yo conozco y he experimentado) que a través de los ojos de un perro.  Ahí está mi segundo argumento.

Tengo perros, por supuesto. En mi vida ha habido muchos perros importantes. Algunos míos. Otros, de personas muy cercanas y muy queridas. De, digamos, cinco perros muy importantes, cuatro han sido recogidos de la calle. Hoy por hoy, todos están gorditos, felices y a salvo. Cada uno de ellos ha pasado por circunstancias que varían en su grado de dureza, desde un encontronazo en la calle con un cachorro que no manifiesta signo alguno de maltrato, hasta el animal que aparece demacrado, deshidratado, reducido a un amasijo de huesos con piel cubierta de escaras y ojos enormes. Son historias, todas ellas, con finales o continuaciones felices. Pero son muy pocas, muy poco representativas de lo que sucede hoy en la calle. Hay mucho que decir al respecto.

Ése es mi argumento número tres. Este tema me toca muy personalmente.

Sucede otra cosa: vivo en Sevilla, en Andalucía. La problemática de los galgos es una realidad aquí, que se ve y tiene consecuencias muy reales todos los días, para aquél que sepa dónde mirar. Robados, utilizados para caza y abandonados, se los ve continuamente deambulando en cunetas y carreteras. Además, el año pasado tuve la oportunidad de colaborar muy brevemente como voluntaria en un refugio. Le dediqué menos tiempo del que me hubiera gustado, y menos del que se merecía, pero a causa de circunstancias familiares concretas sigo muy en contacto con la realidad que se respira allí. Unos pocos meses acudiendo semanalmente me pusieron en contacto con un puñado de historias que merece la pena contar, que es necesario contar.

Ése es mi argumento número cuatro.

Hay muchos más. Hoy en día están pasando cosas en nuestras calles, todos los días. Esas llamas aún no se han extinguido del todo, el humo aún se adivina de vez en cuando asomando de las papeleras. Es una realidad. ¿Qué mejor manera de observar lo que está ocurriendo que desde los ojos de alguien que vive en la calle?

Una realidad social muy concreta, una problemática que, desgraciadamente, no está en la agenda social ni preocupa en general a la población, experiencias personales vividas gracias a los animales que me han acompañado y que hoy continúan haciendo mi vida y la de todos los que les rodean mucho, mucho más agradable… todo eso, mezclado y pasado por el tamiz de la ficción y de una estructura narrativa lógica y coherente, es lo que se cuece detrás de Boatswain.

Gracias por leerme,

-Ana.

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Muy brevemente, aquí os dejo, para seguir desgranando detalles sobre mi novela, la traducción del epitafio que Lord Byron dedicó a su perro, un Terranova llamado Boatswain: “Cerca de este lugar reposan los restos de quien poseyó belleza sin vanidad, … Sigue leyendo