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Sobre la voz

A veces la vida se interpone. Tras varios días de inactividad en el terreno de la escritura, tanto voluntaria como involuntaria (la cama se ha quedado vacía y ya no hay señal para ponerse a trabajar), retomo mi proyecto, un poco más cansada y más triste, deseando recuperar las ganas de escribir.

Hoy os quiero hablar uno de los aspectos de la escritura que encuentro más difíciles, uno de mis problemas más frecuentes frecuentes, creo, y  desde luego uno de los que más me molestan: la voz.

A lo largo de los últimos años he asistido a muchos cursos, seminarios y conferencias sobre la escritura, y con cierta frecuencia se repite eso de que cada autor tiene que “encontrar su propia voz”, o de que los propios personajes deben tener “voces propias, reconocibles”, que los distingan como tales. Estoy completamente de acuerdo en que todos los escritores que admiro tienen voces muy reconocibles. La de Neil Gaiman es irónica y de resonancias folclóricas, la de Tolkien es solemne, pausada, morosa. La de Salinger está muy próxima a la oralidad. Cosas así.

Mi problema no es sólo que no crea haber encontrado aún esa voz que me defina. Ni mucho menos, para eso me queda aún mucho que escribir. Eso lo asumo. Mi problema, mucho más acuciante, es que no creo estar consiguiendo que mis personajes tengan voces propias. Las voces de mis personajes me resultan extrañamente familiares y pesadas, demasiado obvias, demasiado evidentes, demasiado parecidas a esa otra pesada, obvia e irritante, por familiar, vocecita que suena en mi cabeza todo el tiempo, y con la que no me queda más remedio que transigir, qué le vamos a hacer.

El tema de las voces de los personajes es importante, porque lo que dicen y cómo lo dicen es una de las herramientas más útiles para mostrar cómo son (amables, simpáticos, retorcidos, petulantes…) sin tener que decirlo. Así pues, si todos suenan como yo, ¿significa eso que no consigo redondearlos y dotarlos de más entidad que la de una mera excusa para que hagan lo que quiero que hagan?

Uno de mis problemas al abordar Boatswain es, por lo tanto, la voz del protagonista. Ya os he contado que en esta novela vemos los acontecimientos a través de los ojos de un perro. Pero, para que esos acontecimientos sean tan realistas como pretendo, he optado por sacudirme de encima el problema de la voz del personaje privándole de ella. Me explico. No pretendo hacer un Firmin. ¿Habéis leído Firmin, de Sam Savage, supongo? ¿No? Pues ya tenéis deberes para estas navidades. Esta novela, la primera publicada por su autor, narra la vida de un ratoncito bibliófilo que vive la vida a través de los libros que lee. Está contado en primera persona y el protagonista tiene una gran voz, llena de matices. Es un libro estupendo.

Pero no pretendo hacer nada parecido. Tampoco Historia de un gato. Mi protagonista, al que llamaremos, de momento, el Cachorro Amarillo, no tiene esa capacidad de expresarse en primera persona, ni siquiera hacia los lectores. Quiero que sea pura emoción, puro instinto, no pretendo imbuirlo de un pensamiento racional que no me consta que tenga. En ese sentido, he optado por (atención: terminología técnica) un narrador extradiegético que, la mayor parte del tiempo, va a ser deficiente. El narrador extradiegético, como sabéis, es el que se encuentra fuera de la acción narrada (no es un personaje. No es Firmin, protagonista de su propia historia, pero tampoco es el buen doctor Watson, que nos cuenta lo que ve). Es deficiente, porque no sabe lo que piensan los personajes. Es decir, no es Dios. No lo sabe todo. Sólo puede contar lo que hacen y lo que dicen. Esta fórmula, con las concesiones justas que me permitan mostrar esa emoción, ese instinto del que os hablaba, es la que más se ajusta a lo que quiero para Boatswain. Quiero y creo ser capaz de contar lo que quiero contar desde fuera.

Así que en ello estoy, recuperando poco a poco el hilo. Espero tener por delante unas navidades fructíferas, y os las deseo a vosotros.

Gracias por leerme,

Ana

 

 

 

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Los rituales importan…

… Es un hecho. Y la escritura, como todas las cosas que importan, tiene su propio ritual. Se trata, creo, de construir un ambiente que favorezca la creatividad, o que al menos haga un poco más cómodo eso de estar un mínimo de dos a cinco horas sentada, escribiendo. En mi caso, como con la planificación y la documentación, tengo que tener cuidado para no perderme en los detalles. Y si bien es cierto que la mayoría de los elementos que constituyen mi particular ritual no son fundamentales, para mí se han convertido en las muletas para esto de la escritura. Contribuyen a hacerme sentir más cómoda. Y sí, me hacen perder un poco el tiempo. Pero a la larga funcionan.

Así pues, ¿cuál es mi ritual de escritura? O, podríamos decir, ¿cómo escribir una novela, si te distraes con tanta facilidad como yo?

Paso 1: evita estímulos indeseados.

Ésta es difícil. Cuando hay que ponerse a trabajar, los estímulos externos tienden a acumularse y todos, todos, todos sin excepción parecen bastante más divertidos que el mero hecho de sentarse a escribir (que a veces es apasionante, pero admitámoslo, puede ser una pesadilla).

Estas semanas pasadas han estado llenas de acontecimientos. La publicación del último cómic de Astérix, por ejemplo. O la emisión del último capítulo de Poirot, que muchos creíamos que no llegaría jamás. O la celebración de la Feria del Libro Antiguo de Sevilla, donde siempre se puede encontrar algo interesante (este año, una edición preciosa de El jorobado, de Paul Feval, prácticamente descatalogado y muy difícil de encontrar).

Pues eso, hay que evitarlos. O dosificarlos. La disciplina es importante. Y poner la escritura por delante es necesario.

Paso 2: escoge cuidadosamente tu ambiente de trabajo.

Quizás a vosotros no os resulte tan complicado como a mí mantener una mesa limpia y ordenada (mis compañeros de trabajo y mi marido, sin ponerse de acuerdo ni hablar entre ellos, podrán confirmar esto que os digo). Pero estoy tranquila, porque recientemente se ha demostrado que el orden no es imprescindible ni necesario. Además, si lo que intentas es postergar el acto mismo de la escritura, ponerte a ordenar tu mesa es una estrategia fantástica. En serio, te la recomiendo. Y ya que estás, ordena también tu ropa, pon un par de lavadoras, cambia los muebles de sitio y limpia el frigorífico. Estas tareas nunca te van a parecer tan apetecibles como cuando tienes que ponerte a escribir. ¿Cómo vas a poder escribir tranquilamente sabiendo que la ropa se acumula, la comida se pudre, y apenas puedes deslizar el ratón por la mesa? ¿¿Cómo?? ¿¿Cómo??

Paso 3: Ya que estás, ponte tu uniforme de escribir.

Lo tienes, aunque no lo creas. Recuerda el uniforme de matar de Dexter. Puede ser tu camiseta más vieja, generalmente es tu pijama. Yo, aunque esto jamás lo verás, suelo recogerme la melena en un moño horrible. Y las gafas se me deslizan hasta la nariz. Las lentillas son para actos sociales, NO para leer, escribir o trabajar. Todo eso me lleva a hacerme un par de preguntas sobre esas fotos tan estupendas que tienen los escritores en las contraportadas de sus libros.

En serio, estas cosas son importantes.

Paso 4: Rodéate de los complementos adecuados.

A lo mejor escribes en ordenador y no necesitas nada más. O quizás escribes a mano y necesitas un tipo de bolígrafo en concreto. O tienes, como yo, un cuaderno asignado a cada novela, en el que apuntas todo lo que tenga que ver con ella y nada más. (¿Qué no tienes un cuaderno especial? ¿En serio? ¿No sabes lo que es un cuaderno especial? ¿Nunca te has sentido todo un Hemingway de la vida sólo por llevar un moleskine en el bolso? Te compadezco…).

Además, elige tu bebida caliente de acompañamiento (yo bebo té). Tal vez necesites otras cosas. Yo tengo mis imprescindibles: mi lámpara (es muy especial, otro día hablaré de ella). Mi ordenador. Mis resúmenes de capítulos. Mi gato, mi perro.

Una curiosidad sobre mis resúmenes, de los que ya os he hablado: aunque en realidad escribo a ordenador, los resúmenes y la preparaciómancha tintan de la novela me gusta hacerla a mano. Y tengo la manía particular de escribir los resúmenes de capítulos con pluma y tintero, porque me gusta la idea de tener algo en papel y porque así doy uso a mis plumas de vez en cuando. El problema es que, como trasncurre tanto tiempo entre una novela y otra, tengo que aprender a usarlas cada vez, y me mancho mucho. En estos días tengo una distintiva mancha de tinta en los dedos anular y pulgar de mi mano derecha. Y, a veces, los accidentes ocurren.

Paso 5: Prepara tu hilo musical.

La música es importante. Ayuda a imprimir de ritmo la escritura y, en mi caso, me ayuda mucho a encontrar el tono que busco. Cuando escribo, suelo escuchar una y otra vez las mismas canciones, que generalmente no tienen nada que ver de una novela o cuento al siguiente. Por ejemplo, por razones que no vienen al caso pero que las pocas personas que la han leído entenderán perfectamente, durante la escritura de mi anterior novela escuchaba una y otra vez la banda sonora de Los Tudor. No, no está ambientada en el periodo isabelino. Ahora, voy alternando entre la banda sonora de Cloud Atlas, algunas canciones de la primera película de Los juegos del hambre (escuchad la letra antes de juzgarme) y, sobre todo, la banda sonora de Cómo entrenar a tu dragón.

Paso 6: Olvídate de todo esto y siéntate a escribir.

Ya sabíais que iba a llegar hasta aquí. No, en serio. Es muy tentador perder tiempo con estas cosas cuando uno emprende un proyecto creativo y deja atrás ese primer periodo en el que todo es muy divertido, la inspiración fluye por sí sola, el verdadero trabajo ni se intuye, y de repente se encuentra en ese momento en el que, bueno, sentarse a escribir consiste, básicamente, en pasarse muchas horas sentado. Escribiendo. Cuando hay tantas y tantas cosas interesantes por hacer. En esos momentos, igual que cuando preparábamos los exámenes finales de la carrera, todo parece más interesante que lo que estás haciendo, y perder el tiempo en “investigar” detalles insustanciales que de repente, oh sí, parecen TAN imprescindibles en el desarrollo de tu novela, es una gran tentación.

Me reitero en lo que decía anteriormente. Esto de escribir tiene su pequeño ritual, al menos para mí, y hay cosas que me resultan imprescindibles. Necesito tener algo de beber cerca. Necesito tener mi ordenador, la lámpara de la que me enamoré hace años en una feria de artesanía y que tengo gracias a la perseverancia de mi madre, que no paró hasta conseguirme una. Y sí es cierto que, para cada novela o proyecto nuevo, escojo un cuaderno, uno que va a estar conmigo durante todo el proceso y en el que vuelco todas esas ideas que luego probablemente no vuelva a leer jamás, pero que necesito descargar poco a poco a medida que escribo. O justo antes de escribir. Es curioso. Mi primera novela, tan gótica, tan intrincada, necesitaba de un cuaderno hecho a mano, bastante extravagante, muy especial. Todo lo que sé sobre Boatswain está escrito en un sencillo cuaderno negro con hojas de cuadros. Así es como funciona mi cabeza.

Y luego, está el espacio, la mesa de trabajo. En eso soy muy afortunada. Desde mi mesa controlo la puerta de la casa, pero también la cama (mi despacho está en mi dormitorio) en la que, el noventa por ciento de las veces, Gato dormita ruidosamente o me vigila para que no me levante demasiado a menudo. A estas alturas me resulta difícil escribir sin él. A mi espalda hay dos enormes ventanales que dan a los jardines de la urbanización. Si hay luz, la disfruto. Si llueve y está nublado, aún mejor, lo aprovecho.

Pero, a la postre, lo que importa es dejarse de tonterías y sentarse a escribir.

Precisamente, Gato acaba de trepar de un saltito a la cama y se ha hecho un ovillo con el hocico apuntando hacia mí. Respira hondo, cierra los ojos. Parece cómodo. Es la señal, me toca ponerme a trabajar. Perdonadme, tengo que dejaros.

Gracias por leerme,

-Ana.