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Bibliografía básica

Documentarse mola. Bueno, no sé, a mi me mola. Me gusta la historia, me gusta la mitología, me gusta la teología. Me estoy quedando calvo de todas formas y no llego a fin de mes, pero bueno, al menos no soy del Sevilla FC. Algo es algo.

En fin, que para ‘Salomón’ me he documentado.  (No sé si debería hacer otra entrada para explicar por qué llamo al proyecto ‘Salomón’ en lugar de ‘Génesis’ o ‘Princesa Tamar’, pero todo llegará). Y cómo me apetece, voy a comentaros los cuatro o cinco libros principales que he usado. También por recomendárselos al que le vaya el rollo.

Vaya por delante que el libro tiene pinta de novela histórica pero no pretende ser un tratado documentado al dedillo. Aunque tenga la gracia de que me guste leer de estas cosas, así que mucho esfuerzo no ha requerido, documentarse demasiado es un coñazo. Igual un día tengo tiempo y ganas de escribir una novela documentada hasta la náusea, pero los tiempos bíblicos no se prestan.

La Biblia, VVAA. Esto es así, nos pongamos como nos pongamos. El material básico para mi novela está en el Génesis, Samuel, Crónicas 1 y 2 y Reyes 1.  Ni se os ocurra leerlos, que llevan spoilers. Nos podemos poner a discutir la verdadera autoría, que si Moisés escribió tal, que si los rabinos de la reforma del rey Josías reescribieron pascual, blablablá. La tesis con la que me quedó, que igual no es la más correcta desde el punto de vista histórico, pero literariamente me viene muy bien, es la que defienden los autores del siguiente libro.

El Libro de J, de Harold Bloom y David Rosenberg. Bloom sostiene una teoría bastante provocativa y que, sinceramente, por muy argumentada que esté, es imposible de demostrar: que el Génesis es una parodia, un libro escrito para ridiculizar al decadente rey Roboam, el sucesor indigno de Salomón que permitió que el reino se dividiese en dos. Incluso va más allá y especula con que el redactor J, el ‘Yavhista’, de la versión más antigua que se conoce del Génesis fuese una mujer, perteneciente a la corte de la ilustración salomónica, y, de hecho, guardiana de los saberes de la antigua religión matriarcal. Como la Biblia no ofrece muchos más candidatos, apunta a Betsabé, la madre de Salomón.

Los mitos hebreos, de Robert Graves y Raphael Patai. Recopilación de textos rabínicos con leyendas hebreas asociadas a la Biblia pero que o bien fueron eliminadas –por ser testimonios del politeísmo arcaico, o del monoteísmo matriarcal de la Diosa Madre– o son posteriores a la versión cerrada del Génesis que llega hasta a nosotros tras la reforma del rey Josías, que cortó y censuró por todas partes. Lo interesante es que recupera todas esas leyendas que se quedaron por el camino, y que explican las incongruencias de la Biblia que harían sonrojarse a un guionista de Perdidos. Cosas como la leyenda de Lilith, que no voy ni a explicar.

El saber mágico en el Antiguo Egipto, de Christian Jacq. Recopilación de leyendas y tradiciones sobre la magia en el Egipto de los faraones que después de leído el libro uno no tiene claro si Jacq se la cree o no. Como egiptólogo y novelista se le ponen pocas pegas hasta que uno se encuentra esto, que literariamente tiene muchas posibilidades, y lo ve escrito tipo ensayo que ni El retorno de los brujos. Igual le hacía falta pasta. La edición española la prologa Javier Sierra, lo cuál no ayuda. Me interesa, sobre todo, el concepto de los templos como representaciones del cuerpo humano, cada estancia correspondiente a un órgano.

Más allá de la Biblia, de Mario Liverani. La gracia de Liverani, mayormente, es que se pasa la Biblia por el arco del triunfo y le da una interpretación mucho más prosaica y menos mítica a casi todo. Para empezar, pasa olímpicamente de los libros del Pentateuco, desdeñándolos como base histórica de nada. Y luego coge y rebaja las pretensiones de lo que nos interesa: David y Salomón como dos lidercillos tribales glorificados posteriormente para crear una idea de nación. En cualquier caso, lo que cojo de él es su descripción de la expedición del faraón Sheshonk I, que translitera como Sesonquis, invadiendo los reinos de Israel y Palestina. Este libro, por cierto, es de todos el único que se va a datos históricos contrastados, ¿eh? Digo, porque no, nada de lo que yo voy a contar es realista. Por si acaso.

Guía de la Biblia. El Antiguo Testamento, de Isaac Asimov. Asimov se mantiene muy pegado a la Biblia, pero da interpretaciones históricas interesantes –aunque poco fundamentadas, en fin– para David, Salomón y compañía. Al menos analiza a Samuel como un intrigante político más que como un líder religioso.

Historia de la religión de Israel en tiempos del Antiguo Testamento, de Rainer Albertz. Lo contrario de Liverani, una Historia de Israel más pegada a la Biblia como documento, aunque no la siga al pie de la letra porque eso sería… de coña, más que nada. En realidad he usado unos cuantos más parecidos a este, pero me da pereza mencionarlos.

Y ya está. Como el proyecto del relato es de hace… AÑOS… en realidad la documentación ha sido involuntaria y muy prolongada en el tiempo, sirviéndome de excusa para leerme cosas que, en realidad, me leería de todas formas.

Prometo que la próxima entrada será menos coñazo. Presentar a los personajes, o meter ya un fragmento. Las cautivas por el Sinaí, o Salomón ante el espejo trascendiendo su cuerpo mortal. O Yavhé derrotando al Behemoth, que eso siempre vende. Algo que maree.

Jose

La Biblia la escribió una tía

La Biblia la escribió una tía. No lo digo yo, lo dice Harold Bloom, que algo sabrá del tema, en El Libro de J. Luego, en La diosa blanca, Los mitos hebreos y Rey, Jesús, Robert Graves, que iba a clase con Tolkien y CS Lewis -él era el que ligaba, como os podéis imaginar-, da la matraca con que los primeros monoteismos eran matriarcales, alrededor de una Diosa Madre, y luego vino la civilización falócrata y lo jodió todo.

Lo que yo quiero escribir es la historia de Tamar, una bisnieta ficticia del rey David, escribiendo el génesis al dictado de la centenaria bisabuela Betsabé mientras ambas son rehenes en la corte del faraón Sheshonq I, que saqueó el reino de Judá en el quinto año del reinado de Roboam, uno de los herederos de Salomón tras su muerte y la división del reino. Yavhé lo castigó por ir con mujeres malas, así como os lo cuento. Está todo en la Biblia, menos la bisnieta inventada. De verdad.

A todo esto. Llevo más de un año sin escribir. Presenté unos cuantos relatos a varios concursos de ciencia-ficción allá por mediados de 2012. Desde entonces, nada. Escribir ficción, me refiero. Escribo todos los días, hasta hartarme.

Ahora mismo estoy acabando Forastero en tierra extraña, de Robert A Heinlein, y he empezado Sinuhé el egipcio, de Mika Waltari. Probablemente siga comentando las cosas que leo, las series que veo –tengo pendiente el último capítulo de la primera temporada de The Americans y empezar con la quinta de The Good Wife– y, sobre todo, la música que escucho mientras escribo. No tengo ni idea de música, en cualquier caso.

Tengo mis dudas sobre por dónde me va a salir la novela. No tengo nada clara la estructura ni nada de nada, y soy un flipado de la ciencia-ficción, así que cuando salga un astronauta, pues yo que sé, os empezáis a saltar mis entradas y ya está.

Luego tengo el complejo de culpa: la literatura debería estar más cerca de la realidad, y no de estas polladas baratas. Pero de momento voy a hacer esto porque tengo la documentación resuelta, muchas notas, un conato de esquema y no voy a tener tiempo. O sí. O yo que sé.

Tengo una excusa para unir realidad y chorradas mística y pseudohistóricas. Y el Gran Colisionador de Hadrones, además. Pero ya os lo iré contando. O no. O yo que sé.

Jose Cano

@jose_cano85