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En aquél tiempo…

En aquél tiempo, Judá, hijo de Jacob, era llamado el león. Un día se separó de sus hermanos, se unió a su amigo Jirá, el calebita, adorador del perro, y ambos bajaron con sus rebaños hasta las tierras de Adu Mam. Allí conoció Judá a un cananeo llamado Sua, y a su hija. Se casó con ella, adoptó sus costumbres y habitó en su casa, en la ciudad de Quezib.

La hija de Sua dio a Judá tres hijos: Er, Onán y Selá, que era mucho más joven que sus hermanos.

Cuando Er tuvo edad para casarse, Judá le buscó una esposa en las tierras cercanas, donde se movían sus rebaños. Esta fue Tamar, hija de un amorreo que era comerciante de Eniyim, y de la que se decía que tenía el don de la profecía. Er habitó la casa de la madre de su esposa. Pero sucedió que Er era débil y se había corrompido, así que murió.

Entonces Judá se dirigió a su hijo Onán y le dijo: “Hete aquí que tu hermano ha muerto. Entra en los brazos de su mujer y dale descendencia para que así pueda cumplirse el pacto que hicimos con ella”. Onán consintió casarse, pero no quería darle a Tamar hijos que luego serían de Er, de manera que cada vez que entraba en sus brazos, luego se derramaba en tierra. Así que también murió.

Judá bajó de nuevo a casa de la madre de su nuera y le dijo: “Mira, mi hijo Selá aún es joven. Espera a que tenga la edad y lo mandaré contigo, para que te descendencia y se cumpla nuestro pacto”. Pero en realidad Judá temía que Selá muriese también y evitaba el matrimonio con excusas.

Sucedió después que Judá, llamado el león, enviudó de la hija de Sua el cananeo. Para consolarse, decidió acompañar a los rebaños al esquileo en la ciudad de Timná y celebrar el festival acompañado de su hijo Selá, que ya era un adulto. El camino a Timná pasaba por Eniyim.

Entonces una mujer de Eniyim que era conocida de Tamar fue a la casa de su madre y le dijo: “Mira, he visto a tu suegro, Judá, el hijo de Jacob, al que los hombres llaman el león. Venía con su hijo menor, el hermano de tu marido, que ya es mayor”.

Tamar entonces se cambió las ropas de viuda por un velo rojo y salió a la puerta de la ciudad al paso de los rebaños de regresos del esquileo, al atardecer.

Judá volvía sólo, porque había dejado a Selá en Timná con los otros hombres. Al ver a su nuera, cubierta con el velo rojo y bajo la sombra de una palmera, no la reconoció. Pensó que era la ramera sagrada de Eniyim. Se acercó a ella y le dijo:

–          ¿Quieres yacer conmigo?

Tamar sabía que su suegro reconocería la voz, así que la disimuló:

–          Sólo si me agrada el pago.

–          Mira que soy un pastor y vengo del esquileo.

–          Entonces dame el mejor cabrito añojo de tu rebaño.

–          No lo tengo conmigo.

–          Aceptaré que me des una prenda hasta que me lo mandes.

–          La que tú digas.

–          Tu sello, tu cordón y el bastón que tienes en la maño.

Judá aceptó y entregó a su nuera las prendas. Ella lo llevó a la casa de su vecina, la que la avisó del engaño, y yació con él. Después se marchó sin despedirse, cambió su velo rojo por las ropas de viuda y guardó las prendas.

Judá regresó a Quezib con sus rebaños y pidió a su amigo Jirá que llevase el cabrito añojo a la ramera sagrada de Eniyim. Pero cuando Jirá preguntó a los lugareños dónde podía encontrar a la prostituta que se cubría con un velo a las puertas de la ciudad, le respondieron: “Nunca vimos una ramera ahí”.

Cuando pasaron tres meses,

Tres meses más tarde, avisaron a Judá de que el embarazo de su nuera era evidente. Irritado al saber que había yacido con un hombre que no era Selá, ordenó que la quemaran viva. Pero cuando los hombres llegaron a la casa de su madre, Tamar les entregó el sello, el cordón y el bastón y les dijo: “Si he de morir, que el israelita con el que pequé muera también; le reconoceréis por estas prendas”.

Cuando vio las prendas, Judá dijo a los hombres: “Tamar debe vivir pues la culpa ha sido nuestra. No hemos honrado nuestro pacto enviándole a Selá como esposo”. Así, ella quedó libre, pero Selá no pudo casarse con ella. Tampoco Judá volvió a yacer con Tamar, ni ella lo quería, pues suegro y nuera no se profesaban el menor deseo.

Llegó el tiempo del parto y aconteció que Tamar llevaba dos mellizos en su vientre. Uno de ellos sacó primero una mano y la partera le ató una cinta roja alrededor de la muñeca. Dijo: “Este nació el primero”. Pero el niño retiró la mano y fue su hermano el que salió. Tamar dijo: “Cómo te has abierto brecha”, y lo llamó Peres. Luego salió el menor, en cuya muñeca se veía la cinta roja, y lo llamó Zeraj.

Llegado el tiempo, Peres engendraría a Esrom, que engendró a Aram, que engendró a Aminadab, que engendró a Naasón. Naasón fue el primero en internarse en el Mar Rojo cuando los israelitas huyeron de Egipto, por delante de Moisés y Aarón. Naasón engendró a Salmah, que fue general de Josué. Salmah engendró de Rahab, la prostituta de Jericó, a Booz. Booz desposó a Ruth, la moabita, viuda de Malón y nuera de Noemí, y engendró de ella a Obed. Obed engendró a Jesé, y Jesé engendró a David, rey de Israel y de Judá.

De Betsabé, cuyo nombre significa la hija del pacto o la séptima hija, que era viuda de Urías el hitita, engendró David a Salomón, rey de Israel y de Judá.